11M Madrid

El atentado de Madrid también parece activar
rincones olvidados del lenguaje de la España actual;
palabras con las que interpretar un acontecimiento
que exige algo nuevo, una lectura que supere
la vieja amenaza de «las dos Españas»,
con la que se gobernó en los tiempos
de la dictadura franquista.


thumbD
e la actualidad, ¿qué decir?, ¿qué se dice?: «no lo entiendo»; «faltan las palabras». Y, sin embargo, todo el mundo habla durante horas y horas.
F
altan las palabras para describir, para explicar, para entender, pero se habla a todas horas. En la manifestación a la que fui después de los atentados, ante el no saber qué decir, por respeto, por no saber a quién dirigir el tiro, dónde descargar la rabia, sólo se palmeaba el ritmo de las consignas. Tac, tac, tac. Tac, tac, tac.
F
altan las palabras… nadie contesta. Una de las imágenes más espeluznantes ha sido la del móvil sonando junto al cadáver. Nadie contesta. Nadie pregunta. Otra imagen impactante: la del inmigrante ilegal que no se atreve a ir a preguntar por los suyos.
M
ás tarde se encuentran palabras de rabia; la gente usa los móviles e internet y todos salen a la calle sin que nadie los haya convocado. A la noche hacen ruido, un cacerolazo, como en Argentina. Golpes de rabia. Que hable el ruido.
H
ubo una palabra: solidaridad; todos ayudaron, ejemplares. Conmovidos ante la tragedia. Existen palabras: fanatismo, locura… pero no explican nada. «Bla, bla, bla», como cuando la medicina pone nombre a una enfermedad, con eso no está todo hecho, no todo entendido. El hombre pone nombres, intenta explicar. Los niños también dan sus explicaciones, maman el miedo o el odio de su alrededor, sacan sus conclusiones, preguntan insistentemente, ¿quiénes son los malos? Como todos, necesitan situarse, saber a quién odiar.
T
errorista. El monstruo que aprieta el gatillo. Faltan palabras para entender cuánto odio, o locura, puede llevar a alguien a provocar tanta muerte. ¿Locos? ¿Gente llena de odio? ¿Qué puede lograr ese fenómeno del suicida que se inmola matando? ¿Provocando el mismo daño que han visto en su pueblo, muertes inocentes por muertes de inocentes? Ojo por ojo. En cadena interminable.
L
os extremistas. Siempre los hubo, siempre son un peligro, porque pueden pasar a mayores, actúan el pensamiento de los demás, salen a la calle y actúan la rabia que late en el decir de los demás, actúan el odio que late en el discurso. Véase los que apalean moros o marginales. Los más viejos pronuncian una vieja palabra, hace años no oída: no es la gente, están actuando los «activistas», expertos en calentar a la gente, en provocar la acción en nombre de ciertos intereses. Los extremistas, que, aunque sea actuando el sentir de tantos, van demasiado lejos, se toman la justicia, o la rabia, por su mano, golpean, queman, destrozan, provocan la continuación de la cadena. ¿Cómo se corta la cadena? Con palabras que, aunque no valgan para nombrar ni lleguen a expresar, pongan un poco de orden en los sentimientos y lleven a otra acción. Pero, ¿qué palabras? ¿Qué análisis? ¿Que el odio genera odio? ¿Cómo se remedia la cortedad de visión que produce el odio? Quien vivió la humillación y la impotencia, ¿puede liberar su pensamiento? ¿Tener la sangre fría para seguir hablando?
E
xplicar lo imposible. Hallar otra vía.
E
stán estos muertos, que convulsionan a España, a Europa. Y los que no, los de África, América del Sur, Asia… Este terrorismo, que mata en este caso 201, y los que faltan y los que ya han sido, nueva forma de guerra, tiene algo que ver con el otro terrorismo, que no estalla pero explota a las gentes, el terrorismo de las muertes que no ocupan tanto espacio, ni letras, ni imágenes. Muertos del olvido, máxima expresión del odio. Muertos en sus hambres, en sus guerras, que no son tan importantes porque no son europeas, aunque también tienen que ver con el Primer Mundo: mueren por los diamantes, mueren por no sé qué mineral, mueren porque las medicinas son caras, tal vez porque allí no van los Cascos Azules. O mejor que no vengan salvadores. Creo que me dan mucho más horror y más miedo los monstruos que no aprietan el gatillo que, a veces, incluso no tienen cabeza, ni nombre. O si lo tienen, lo exhiben orgullosos. Porque son los que envían a los otros a matar. Llámense políticos que deciden guerras preventivas firmando miles de sentencias de muerte. Llámense multinacionales, intereses… asesinos de guante blanco. Llámese el cuarto poder, los medios. ¿Tendrán alguna cuota de razón estos extremismos? Aunque nada justifique los medios, un síntoma siempre apunta a una verdad. ¿Estará esta razón en los despachos? El monstruo que habita en el discurso, loco discurso capitalista, que provoca el terrorismo como síntoma.
H
orror de una máquina sin cabeza que avanza sola, que tiene como síntoma el terrorismo, el fanatismo religioso, pero éstos son sólo los síntomas de otros intereses, así fue siempre, frente a los cuales, aunque logremos identificarlos y ponerle palabras, nos seguiremos sintiendo tan impotentes como frente a los terroristas. Dice la gente: «Ya no podemos pasear, ir a donde haya multitudes, hay que quedarse en casa». Identificar al vecino, no saber a quién temer. Guardarse. Sospechar. Racismo, xenofobia.
O
tra vez. Vestigios de viejas cosas conocidas en este país. Las ropas, las caras, los prejuicios. En nombre de la seguridad, el aislamiento. O la valentía de seguir moviéndose, hablando, montando en tren o en avión… teniendo hijos…
S
íntomas de un discurso. Un policía mató a un supuesto simpatizante de los etarras en una discusión; a continuación se entregó. Comentario general: «milagro que no pasa más veces». Muchos en España saben, por experiencia propia, cercana, oída, o en cierto modo percibida, lo que es convivir con el que asesinó, delató, o delataría, a tu gente. En la guerra, en la dictadura. El no saber con quién se puede hablar, o qué consecuencias puede traer hablar por donde menos te lo esperes, porque el que tiene el poder, lo usará. Se aguanta por miedo, por civismo, por cobardía, tal vez por saber que responder con violencia es perpetuar la cadena.
E
n los últimos tiempos resurgen recuerdos dormidos para muchos. No para otros como los ciudadanos del País Vasco, que llevan años en este ambiente. Los más ancianos recuerdan la guerra; los que vivieron la dictadura, la división de las dos Españas, la censura, el ejercicio de leer entre líneas, el no saber y suponer. Algunos más jóvenes descubren ahora (los jóvenes han hablado y preguntado estos días como nunca) que a veces hay que vivir con el asesino enfrente, o sospechando del vecino, que hay que aprender a callar, porque algunos no llevan a bien la diferencia y pueden usar su poder. Creo que España, que ya conocía esto, dijo basta. Y añadir, además –de nuevo- la censura, y además leer entre líneas, además de todo, sentirse manipulados. Otra vez, otra vez. Y el resabio de exceso de poder que recuerda a la dictadura. Demasiado. Tenemos terroristas, es un hecho, pero no queremos dictadores, ni cosa que se le parezca. España se desperezó y los jóvenes tal vez despertaron, triste es que haga falta tan fuerte alarma. Pero me pregunto si también están despertando de nuevo las dos Españas.
D
e la actualidad, ¿qué decir?… ¿qué hacer? La raíz está más allá de España, no es sólo España; es algo extendido por todo el planeta, que entre otras cosas tiene que ver con el hambre y el odio del maltratado, sometido, olvidado en su dolor, y con el odioso olvido de los que actúan, con más o menos conciencia de ello, ciertos intereses, y con el odioso olvido de los que se sienten impotentes. Es difícil encontrar qué hacer. Retomo un párrafo del artículo de J. L. Slimobich, «Terror, nombre del sujeto», aparecido en Letrahora Nº3: «Éstos no son los tiempos del temor. Son los tiempos del terror. Negados, siempre negados, haciendo lo imposible, aparentando la «normalidad», mientras alrededor del mundo breve, como un caos contradictorio y exangüe, doloroso. Pero no queremos callar: hoy cacerolazo, mañana grito, firmas contra la guerra, e-mail, no cejar, insistir. Pero esto no es posición épica ni agitativa en vano. Pues mirar de frente lo imposible de modificar es totalmente diferente de negarlo. Y ya veremos que esta diferencia es más profunda de lo que parece y que tiene innumerables consecuencias teóricas y prácticas».
I
nsistir, al menos no callar, y seguir pensando lo imposible. Conservar el malestar y enfrentarlo.

Autora | Mª Jesús Lazcano

Arte, ciencia y religión

arte_ciencia-religionLa verdad que es una complicación una mesa como ésta(1), pero bueno, digamos que no es una complicación con la que los analistas no tengamos un contacto casi cotidiano en tanto trabajamos con la palabra, y en principio todos los aquí presentes hasta nuevo aviso trabajan con la palabra. En sus distintas acepciones, por ejemplo, no porque Tomás Sobrino, pintor, haya comentado que no se trata de palabras, para los psicoanalistas se trata de palabras, de significantes, habría que decir. Es más, ese silencio tan presente, es parte integrante de la palabra.
Tal vez habría que echar aquí en falta la presencia de algún músico, para dar cuenta del hecho de que el silencio es parte fundamental de la palabra. No es el tope de la palabra, en absoluto. Para nosotros el silencio es uno de los modos de trabajo de la pulsión. Y no de cualquiera, de la pulsión de muerte. En el seminario de La ética(2), Lacan retoma lo planteado por Freud respecto de la aproximación de los mecanismos de la histeria, la neurosis obsesiva y la paranoia como los tres modos, las tres formas posibles de la sublimación, el arte, la religión y la ciencia. Ustedes saben: Freud parte de que hay algo que es de entrada radicalmente perdido. Lo llama Das Ding (la Cosa). Esa Cosa impersonal, que precisamente nombra como forma impersonal. Nosotros sabemos que el sujeto no tiene identidad. No la tiene para nada, y por eso mismo se identifica. Esa es su errabundez, y ese es su problema. Esa es la alienación con la que no va a poder dejar de contar en relación a la palabra. No sale de ahí. Lo cual no quiere decir que todo sean palabras. Precisamente Das Ding, la Cosa, única y exclusivamente es posible de ser representada por un vacío.
Éste es el modo en que Freud sitúa estas tres formas de la sublimación, arte, ciencia y religión: quedan anudadas alrededor de este vacío, de esta Cosa. La aproximación que hace Freud y que Lacan comenta ampliamente en el capítulo «Comentarios al margen» del Seminario de La ética, lo cual no es por casualidad, pues a partir de que Das Ding es posible de ser representada únicamente por un vacío, la única manera de aproximarla es con una ética.
La ciencia la aproxima a costa de dejar de lado lo que es del orden del sujeto. La religión consiste en todos los modos posible de evitar este vacío. De un modo, eso sí, respetuoso. Cosa que Freud va a plantear, va a poner del lado de la neurosis obsesiva. Ese vacío en la neurosis obsesiva permanece en el centro, y por eso se trata de sublimación.
El discurso de la ciencia, decía, en tanto se origina de la sabiduría, de la tradición de la filosofía, opera a costa de sistematizar la exclusión de ese vacío. El saber viene a responder, viene a jugar en el lugar del vacío, razón por la cual los tiempos actuales creo que vienen a desmentir de un modo bastante categórico la posibilidad de un saber absoluto, completo, redondo, como quien dice, la posibilidad de redondear el saber alrededor de lo que hace las veces de la Cosa.
¿Se trataría en una mesa como ésta de hacer psicoanálisis aplicado, como se hizo después de los tiempos de Freud, es decir algo así como si el psicoanálisis no tuviese su propia territorialidad? Me parece que la cosa es bastante más amplia que un problema de territorialidad. Lo que está en juego, por lo menos en el psicoanálisis en relación a la palabra, es el hecho de que alrededor de ese vacío algo del orden de la letra viene a jugar.
Y es por eso que todas la formaciones de la cultura, que no son más que sublimaciones, más o menos elaboradas, válidas, acertadas, requieren al psicoanálisis el establecimiento de un diálogo.

Notas
1. Este texto es la transcripción de la ponencia de Bernard Levy en la mesa «Arte y religión en el vínculo social», que tuvo lugar en las Jornadas «El amor y el deseo en el vínculo social», Pamplona, febrero de 2002.
2. Lacan J., Seminario 7, La ética del psicoanálisis, Paidós.

Era todo más fácil

thumbCon Néstor Kirchner era todo más fácil. Recordemos: el kirchnerismo surge en el encuentro entre artesanías habituales de la historia política argentina y décadas de lucha, en muchas ocasiones silenciosa, de las organizaciones de los derechos humanos, sociales, civiles y políticos. Esto culminó con su acceso al poder. Lo fortaleció un algo inescrutable en sus acciones, no calculables, que hicieron de este espíritu político un líder. Al riesgo, la resonancia y el silencio de sus pasos, agregaba la cualidad del hombre común, cierto retiro de la elegancia burguesa, que lo hizo parte de estos nuevos presidentes latinoamericanos: a un indio, un mulato, un viejo guerrillero, le agregó la fisonomía del hombre común. Y un modo de hablar que debía poco a la erudición. Trataba así los intereses de muchos.
La 125 fue el detonante de la confrontación, que ya estaba anunciada, entre dos modelos: el distributivo, que el kirchnerismo impulsó, y otro, que regía la distribución de la renta desde la dictadura y continuada por la democracia formal, sometido a los grandes grupos económicos y al FMI. Esta democracia devaluada, en los pobres y torpes intentos que hizo, fue corrompida o destruida.

Con la derrota que sufrió Néstor Kirchner en las legislativas esperaron la negociación, una ralentización, por fin el ceder, la comprensión, la falsa concordia de los privilegios que ambicionan no sólo la riqueza que obtienen, sino el goce de la humillación del humilde. A cambio, se aceleró la aparición definitiva de la esperanza, con el descubrimiento de un no retorno a las viejas políticas de la injusticia social. Miles de argentinos decidieron allí no faltar a la cita de ese combate por el futuro. Entre muchos, ese diálogo colectivo que se llama Carta Abierta.

La Asignación Universal por Hijo, los fastos del Bicentenario, la ley de medios y el Fútbol para Todos fueron los sucesos que confirmaron que no habría vuelta atrás.

En lo económico produce un acceso, vedado hasta entonces, a una mayoría empobrecida y abandonada. En lo político, la participación de todo un pueblo en un cumplelapatria que diferenció a un país de ese otro de las vacas ricas y los peones flacos del primer Centenario. En lo emocional, que en los lugares más remotos de esta patria argentina esa pasión llamada fútbol llegara para todos y no sólo para quienes pueden pagar.

De allí podemos agregar: no permitió ninguna clase de represión a las expresiones sociales y, en definitiva, la palabra política dejó de ser una palabra inútil y poco fiable, permitiendo que se ubicaran en las prácticas políticas cientos de miles, especialmente jóvenes y mujeres. Esto sucedió así al rearmar, ética y políticamente, una sociedad desmantelada por la violencia de un estado corrupto, el día luminoso en el que Néstor Kirchner hizo valer los derechos humanos quitando de la secuencia histórica los jefes de la dictadura militar y degradándolos a reos de lesa humanidad. Comprendió la necesidad de democratizar los medios de comunicación y cuestionar la construcción de un pensamiento único, hecho de un sentido común que entremezcla hipocresía, racismo y buenos modales. La muerte es hoy el cuarto elemento que hace estallar lo que las transformaciones en lo económico, lo político y lo emocional anunciaban. Esto que estalla es el amor.

Cristina Kirchner murmurando, hablando al féretro, acomodando las florcitas, los mensajes, las banderas que le hacen llegar desde la fila infinita. Cristina diciendo a Hebe de Bonafinino llores, consolando a la Madre de las Madres. Saludando con golpecitos sobre su corazón, el mismo que le falló a su marido. Sonriendo, en el medio de su dolor, cuando se acercaba a los niños. Abrazando a una anciana, una viuda como ella.

Son los retratos del amor lo que estalla frente a nuestra mirada. Miles, cientos de miles, jóvenes, trabajadores, hombres de oficina, mujeres con sus niños en brazos, llorando y cantando, gritando su bronca y su esperanza son los retratos del amor.

Un pueblo que encuentra en un nombre historia y esperanza y una mujer que llora, enamorada, a su marido muerto, coinciden de un modo inédito. El azar, en este caso, la desgracia, se construye como necesidad: un pueblo toca el amor cuando algo le dice que son tiempos de igualdad y justicia. Que esto se debe seguir y profundizar, la tarea de la reparación social no ha culminado, falta mucho. Sin Néstor, todo será más difícil.

No hay nombre propio que reconstruya el dos que Néstor y Cristina conformaban. Y sólo la construcción política, el diálogo colectivo, la Carpa o el Poncho que nos puedan albergar para los que, estando de este lado de la historia, situemos nuestras ambiciones y propuestas, puede realizar ese dos.

Ninguna invocación al realismo político debe hacernos retroceder de la voluntad despótica de cumplir con lo que estos días nos hemos jurado en las miradas silenciosas: seguir con Cristina construyendo justicia, memoria y libertad, esto que muchos no pensaron vivir y otros no creíamos ya poder ver.
Autor | José L. Slimobich

Intervenciones en la 34º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

CasulloNicolás Casullo nació en Buenos Aires (Argentina) en 1944, docente e investigador en la Universidad de Buenos Aires, dirigió la Maestría en Comunicación y Cultura. Fue director de la revista Pensamiento de los Confines, que tomó temas dejados de lado por la cultura oficial, bordes de la política, el arte, la comunicación. Excelente orador, no rehuía un buen debate, capaz de un verbo simple con conceptos de difícil presentación. Publicó ensayos como: “El debate modernidad-posmodernidad”, “Comunicación, “La democracia difícil” y novelas como: “Haciendo el amor en los parques” y  La cátedra?, entre otros títulos. En la Feria del Libro de Buenos Aires, en el año 2.008, presentó Letrahora, con el artículo que aquí se lee. Allí mostró, de un modo cuidadoso, su posición respecto al psicoanálisis. Aquí, nuestro agradecimiento y recuerdo.

Buenos noches. Un agradecimiento por haber sido invitado. Tomé algunos apuntes que me mereció la lectura de una revista que me gustó: Letrahora.

E
n general, las revistas gustan o no gustan. Si gustan, gustan porque uno coincide. Al lector de La Nación o El País les gusta mucho sus diarios; a ese lector se le cae la baba cuando lo lee. Efectivamente está logrado el mensaje entre La Nación o El País y su lector. Podemos poner allí el lector de cualquier periódico.

E
n esta revista sentí que había mucho de un pensamiento mío de relacionar la tarea política con la intelectual. Si yo tuviese que decir qué fui, en el fondo más allá de novelista, ensayista y profesor, es un cuadro político: un cuadro político acá, un cuadro político en los sótanos, un cuadro político en el exilio. Un cuadro político. En una época, el cuadro político era mucho más que cualquier otra cosa. Era mucho más que un intelectual, que un académico; los curas se volvían cuadros políticos, algunos militares se volvían cuadros políticos.

M
e gustó la revista porque tiene ese algo que coincide con lo que uno está percibiendo. Estamos viviendo una época muy dramática, una época de gran confrontación que no tengo recuerdo en mi memoria en mis sesenta y dos años en democracia, una confrontación muy fuerte en términos políticos ideológicos, en términos culturales; evidentemente hay una violencia brutal que la gente manifiesta. Pero eso existe.

F
rente a esto, viene una larga historia de despolitización, que se inicia ya por los ochenta. Por supuesto, en general, y en cualquier época, tiene que ver con las dictaduras militares, que exterminan una forma de coraje en la política. Es muy difícil reconstruir el coraje en lo político. Pero también la década de los ochenta, si uno hace un cierto repaso, aporta ya en democracia a la despolitización: aparecen las variables liberales, democráticas, progresistas, que acompañan a un determinado momento, que llaman a una política institucional, a una política del ciudadano, a una política del votante, a una política de las formas, olvidando absolutamente aquello que había sido el debate por la democracia social . Los ochenta tienen, en el campo intelectual, una hegemonía que se va a percibir fuertemente luego. Nada de esto que estoy contando no lo estamos padeciendo ahora de una manera total. Muchas veces los intelectuales se reúnen y son diez, veinte o treinta, pero tienen una capacidad de irradiación tan fuerte que diez años después están todos pensando en lo que pensaban esos diez, veinte o treinta.

R
ousseau, por ejemplo, el ginebrino, escribió un par de libros en su gabinete en el siglo XVIII. En un momento dado, los ve Robespierre, que es un abogado de segunda de una provincia francesa. Lee el texto de Rousseau y lo transforma en gran parte de la Revolución Francesa. Desobedece a Rousseau. Él no estaría de acuerdo con lo que hacía Robespierre, pero bueno, cuando uno lee un texto, cuando uno intelectualiza la política, evidentemente lo primero que tiene que hacer es desobedecer al autor, y trabajar en función de lo que él piensa que dice Rousseau. Para Robespierre, Rousseau era la Revolución, la barricada, la guillotina. Rousseau dice: «estos están locos, yo no quise decir eso». Pero lo dijo.

E
ntonces, en los ochenta hubo una gran crisis del peronismo. El peronismo entró en una etapa de eventual desagregación. Me acuerdo que yo con otros veinticinco o veintiséis intelectuales renunciamos al partido justicialista, por peronistas, y se hizo hegemónica esta idea de que la política es la forma, la institución, los republicanos, el voto, desprendiéndose toda problemática de justicia social, toda problemática de conflicto de clases, toda problemática que aparecía fuertemente desde el fondo de la historia popular, de que la democracia se jugaba en cuanto a si era inclusiva o excluyente.

L
uego viene el saqueo neoliberal, que se agrega a ese olvido de lo social, a ese olvido de la lucha de clase, a ese olvido de los intereses en pugna, a ese olvido de conflicto, para reducirlo todo a una suerte de cada dos años hay que votar. Y se suma a ese momento neoliberal una consecuencia de lo que son esos años ochenta, intelectuales, que producen una enorme historia de fabricación, en donde toda la política se esencializaba en una moralina, en una ética, el mismo modelo pero sin ladrones.

¿P
orque ahí entró el neoliberalismo y el modelo de individualismo y entró la ideología de mercado a pleno?¿Qué es la ideología de mercado? La ideología de mercado es desde hace treinta años el gran triunfo de la derecha ideológica en el mundo. Es decir, es constructora de un sentido común. Hoy el sentido común de la gente en España, en Francia, en la Argentina, es de derechas en los sectores medios, muchas veces en los medios populares, y no hablemos de los sectores altos. Quiero decir que se impuso el individualismo, se impuso el hecho de que la política es perversa, es intrusa, de que la política corrompe, que la política molesta, que la política tiene un oscuro interés que quiebra la relación esencial, y que la relación esencial entre tu empleador y vos, empleado, es la única relación que parece sonar: «me puede ir bien, puedo terminar siendo patrón, por lo tanto que el Estado no le meta la mano en el bolsillo como no me gusta que me metan la mano en el bolsillo a mí». Me lo dice el taxista, el empleado común, que gana mucho menos dinero por mes.

E
se es el gran triunfo de una ideología de mercado que nos habla de la libertad del consumo. Es decir, el mercado es la libertad de consumir. Me paro en la vidriera y puedo elegir entre cuatro o cinco modelos de celulares. Soy libre, el mercado de vende esa libertad, es la libertad del consumo. Si lo sustancial de mi vida pasa por esa libertad donde yo elijo las cosas, elijo tal cosa en desmedro de otra, eso se transporta a lo político. Y entonces lo único que va a pensar el individuo es si está afectada o no su libertad individual, si está afectada o no su capacidad de decisión como consumidor: es el nuevo status del ciudadano. El mercado también nos plantea la idea de que la sociedad es una relación que tenemos con los servicios. Si los servicios andan bien, perfecto; si los servicios andan mal, terrible. Doña Rosa se impuso, Doña María y su sentido común.

Y
o lo veo con mis propios estudiantes en la universidad. La universidad ya no es más un espacio político para pelear en función de un proyecto. Lo que a ellos les importa es si la universidad les da buen o mal servicio. Si me da buen servicio, me quedo; si me da mal servicio, esta mal o busco una universidad privada. Esa es la relación que tiene la mayoría del estudiante de ciencias sociales, por ejemplo, con respecto a la universidad. Si uno le dice: el protagonismo, su ideología, acercarse al pueblo, marchar en una política de obreros y estudiantes, va a contestar que no, que él lo que necesita es que vendan baratos los apuntes, que haya tizas, un pizarrón absolutamente limpio. Esto es mercado. El mercado nos atraviesa también a nosotros. Cuando tenemos que elegir entre seis celulares sentimos que tenemos la oportunidad de elegir, y si me dan diez cuotas puedo comprar el más caro. O sea, desde hace treinta años que esto es un triunfo total de la derecha.

L
os medios de comunicación concentrados, que nos están diciendo diariamente desde las seis de la mañana hasta las doce de la noche cómo es el mundo, es el enemigo, el enemigo de toda democracia popular, de todo proyecto de cambio, de toda idea de solidaridad, de toda idea de sabiduría. ¿Ustedes no sienten que se ha perdido sabiduría, que frente a cualquier conflicto ustedes encuentran al quiosquero y él está pensado exactamente en lo que no tendría que pensar? El mercado tiene una política que son los medios de comunicación. Y los medios no hacen política cuando llevan a un personaje político de la derecha, porque para eso uno esta preparado, por lo menos para cambiar de canal. Pero cuando el noticiero, a las ocho de la noche nos está contando y relatando el asesinato de una mujer, ahí es cuando son de ultra derecha. Cuando el noticiero te dice cómo tenés que agarrar el tenedor, cómo tenés que pensar a la mujer, cómo tenés que pensar al violador, cómo tenés que pensar el desastre, la violencia, en esa cotidianeidad de crónica roja, ahí es donde los medios son de derecha y nos van convirtiendo en sujetos de derecha. Incluso sujetos que muchas veces están en posiciones populares, pero de golpe se les enciende una duda en el sentido de plantearse: «¿y esto cómo lo pienso?»

E
n este sentido, tengan total conciencia de que los grandes referentes de la derecha son de segunda instancia: el verdadero partido de derecha son los medios de comunicación de masas. Batallen permanentemente con amigos, planteándose que Clarín o El Mundo es el que está particularmente en contra de cualquier proyecto de democracia popular, como lo hace la red O Globo contra Lula, como lo hacen contra Chávez en las instancias monopólicas, como lo hacen contra Correa, que ya lo denunciaron en Ecuador las dos grandes cadenas de información. Son en estas circunstancias, la generación de un pensamiento de derecha. Esta es la gran batalla por la representación del mundo. Si nosotros perdemos la batalla por la representación de las cosas, si nos ganan permanentemente la interpretación de las cosas, vamos a perder por más justicia que tengamos. Si frente a los grandes problemas de cómo sobrevivir, se discuten los modales de tal presidente o de tal ministro, si tiene buen talante o mal talante, nosotros ya perdimos la batalla cultural. Nadie habla de lo que verdaderamente está en juego. Y aquel que está afectado, por ese problema enorme y común, solo se le ocurre hacerse antipresidente o anti modales ministro.

E
stamos en una situación de acoso. Debemos tomar brutal conciencia de esta lucha cultural que se debe hacer en lo social, en lo político, en lo artístico, en lo sindical. Cuando uno plantea la comunicación como derecho social, aparece la derecha en nombre de una coalición cívica que se disfraza de izquierda, diciendo que si la universidad o las centrales de trabajadores tienen un canal de televisión cada uno, entonces tiene que haber un canal más para la derecha.
¿ P
or qué deben, dos o tres monopolios de radiodifusión, de televisión, concentrar el fútbol, la noticia, la cotidianeidad? La revista Letrahora plantea dos o tres elementos fuertes, que para mí son esenciales. En principio, cómo la política es la modificadora de la práctica psicoanalítica. Y efectivamente, la política es lo que modifica cualquier práctica: la del arquitecto, la del peluquero, la del quiosquero, la del abogado. Cuando uno se introduce en la política y va pensando, y va tomando práctica, va cuestionando, y va recibiendo cachetazos, y va dándose cuenta de cómo viene la mano, esa política reformula las grandes variables, en este caso lo psicoanalítico.

Y
el otro gran tema, para los intelectuales, que están escondidos en la academia, subvencionados, que les cuesta tanto regresar otra vez a la política porque descreen de esto y descreen de lo otro, y toda la producción de un discurso mediático, en fin, la ciencia, el saber, el conocer, tienen que ponerse siempre entre el dominio que sufre y la insubordinación a lo establecido que pretende. En es sentido, toda la tarea de cuadro político militante es una tarea de cuadro político intelectual. Tenés que pensar el mundo, pensar las circunstancias, pensar por qué éste dice lo que dice y aquel dice lo que dice.

D
esde esa perspectiva me parece que la revista plantea dos variables muy fuertes: la importancia del lazo social para plantearse lo psicoanalítico sin perder de vista lo subjetivo. Esa es una lucha básicamente cultural, lucha política por excelencia. En los setenta, los sectores medios nacionalizados, que se habían acercado al peronismo, habían ganado la batalla cultural. Comunicadores, profesores, psicoanalistas, se planteaban dentro de las líneas nacionales y populares. Eso se perdió por la crueldad de la dictadura militar, y por los años ochenta y noventa.

E
ntonces, hay que recuperar toda tarea política que exige un pensar fuerte, y más ahora donde todo es muy complejo, donde la trampa subyace en cualquier cosa. En los setenta los medios de comunicación eran un cuento de rosas. Nadie miraba el noticiero, que duraba quince minutos, lo dirigía un borracho, daba igual. Cuando nosotros veníamos de la manifestación a nadie se le ocurría decir: «vamos a ver que dice». Por que no decía nada. Hoy tenemos cinco canales de cable de noticias que nos están bombardeando y si quieren convertir la muerte de una cucaracha en el acontecimiento fundamental del día, la convierten. Y terminamos todos hablando de la cucaracha muerta.

U
na tarea como la que pretende esta revista tiene que ser expansible y desplegarse a todas las tareas intelectuales. Hoy el cimbronazo del paro agrario ha sido tan fuerte que hay un regreso de la gente a lo político. Nosotros hicimos una convocatoria para juntar veinte o treinta personas y juntamos quinientas firmas de los mundos universitarios, culturales, profesionales, quinientas firmas de gente que se sintió tocada por este acontecimiento y que dice: «vuelvo a la política, por que la Argentina esta viviendo un momento dramático muy decisivo». Por eso, reivindico esta revista, que habla del capitalismo, que habla de los intereses sociales en disputa, del conflicto social, de cómo se disfraza todo en función de un dominio que con su retórica trata de esconder lo que verdaderamente acontece, ya sea con el «paco»,(derivado de la cocaína), ya sea con los sectores más castigados. Le deseo a esta revista y a ustedes en la militancia que nos espera, que va a ser muy dura, que apretemos, con revista, sin revista, con poncho o sin poncho.

***

LO COLECTIVO ES NECESARIO
Fragmentos de la intervención de Osvaldo Martín en la presentación de Letrahora

N
o a todos les importa lo que decimos. ¿Por qué? Porque no va de suyo que psicoanálisis y política vayan de la mano. Más bien, cuando buscamos, lo que vemos, leemos, encontramos, son textos de psicoanalistas que hablan de política. Salvo alguna excepción, nos encontramos con un conjunto de planteamientos atravesados por la soberbia de un lacanismo vacío que provoca un poco de risa, un poquito de bronca y a veces, mucha vergüenza.

Se entiende por qué pasa esto. Porque en lugar de hacernos vivir la verdad del saber, encarnan la verdad de lo que los otros tienen que hacer.

N
o es este el caso de Letrahora, somos actores sociales y nuestro desafío es el de pensar con los términos del psicoanálisis sin caer en una especie de imperialismo lacaniano.

P
uedo decir que vengo a hablar de la revista y también que vengo a hablar de mí. (Lo mío, en tanto que mío, no le interesa a nadie, ni a mí). Lo que quiero decir es que hablar de uno en este caso es dejar de hablar de uno… es iniciar el diálogo con el otro, es un modo que tenemos de dejar rápidamente de hablar de uno mismo y empezar a hablar de nosotros, y esto es una enseñanza de Letrahora, para el que la quiera tomar, y es el resultado de entender que la salida no es individual, es social y colectiva.

E
sto es «No hay personalidad, es necesario distinguir entre el origen de clase social y la posición respecto a la clase social de origen».
Y
nuestra posición se traduce en una palabra: coraje.Es un término esencial para aquel que se interesa por el otro. Además, indirectamente estoy interesándome por mí, porque no debo olvidarme de que «el otro soy yo», es decir «yo soy el otro».Coraje por dos cuestiones: en primer lugar, para no caer en la decepción, propio de determinados medios, y después coraje para no callar, cuando no hay que callar…Esta es la batalla entre la decepción y el coraje. «No vale la decepción cuando se respira la causa que anima nuestra posición de sujetos».

¿E
stamos en condiciones de luchar por un país mejor? Si.Estamos en condiciones de luchar por un país mejor y de paso por un mundo mejor, ya que, de paso, podemos mejorar este país y además mejoramos nosotros.

E
ste es el hueso de la acción política: que lo colectivo es necesario. Lo político es necesario.

Acerca de la cuestión de la mujer: un debate posible

 

MujeresEl trabajo apunta a exponer tres cuestiones vinculadas. La primera: la declinación de la intuición femenina; la segunda: el pasaje de la mujer del discurso histérico al dialecto obsesivo; y la tercera: una observación sobre la inscripción del hombre en el discurso histérico. Razones de espacio llevarán a extender el primer punto; y como se verá quedarán otros conceptos por desarrollar.

La declinación de la intuición femenina es un hecho constatable en el tiempo. Tanto en la literatura como en la vida cotidiana y en el sentido común aparecía este término, intuición femenina, de una manera fuerte, que le otorga a la palabra de la mujer, a su captación, a su percepción, una manera de enfrentarse a la realidad absolutamente diferente a lo masculino y a la que se daba el nombre de intuición.

Constatamos que este término intuición femenina desaparece misteriosamente de la literatura, de la vida cotidiana, del lenguaje común. Es evidente que cuando se utiliza el término intuición y antes de preguntarnos por su desaparición -al menos en lo que se refiere a la intuición femenina- debemos interrogar este concepto presente en las distintas teorías que intentan explicar los hechos y las causas. Ya que la intuición femenina aparecía como un hecho singular e individual que iba directamente a la cosa en sí, que penetraba en un punto de objeto, o como lo señala Bergson: «es aquel tipo de simpatía intelectual por medio de la cual uno es transportado hacia el interior de un objeto para coincidir con lo que éste tiene de único y por consiguiente de inefable».(1) La intuición, en ese sentido, para Bergson no es otra cosa que una forma altamente desarrollada del instinto superior a la razón en cuanto esta última se expresa de un modo hipotético. Así el ejemplo que lo muestra: la intuición puede afirmar decididamente q, mientras que la razón sólo se atreve a afirmar q a condición de p, es decir, si p entonces q.

Esta ventaja de la intuición sobre la razón es atribuida a la mujer, y quizá se fundamenten de esa manera ciertos elementos considerados propios de la histeria, con exasperación de una cierta inteligencia intuitiva.

Este término intuición nos es útil para reflexionar sobre el hecho de que la intuición se presenta como una certeza evidente, o como lo describe Bergson: «la intuición es el instinto que se ha hecho desinteresado y consciente de sí mismo, puede reflejar en sus objetos y es capaz de ampliarlo ilimitadamente».(2)

La intuición, pues, no busca otra cosa que una certeza elevada al rango de ciencia, y que intenta alcanzar la evidencia del pensamiento. Estos elementos que son fundamentos de la búsqueda científica, sin embargo, no permiten que se produzca de ninguna manera en nombre del sentido común. Ese sentido común es el que aparece posteriormente a ese efecto de certeza, de captación luminosa, de captación certera de un elemento que permanece aún en las sombras.

Hemos llegado al punto de conectar la intuición femenina con ciertos conceptos bien conocidos de intuición, y podemos señalar a qué se debe el efecto, entonces, de la declinación de la intuición femenina tal como se puede constatar. Lo más evidente para poder interrogar esta declinación es el desarrollo que abrió las puertas de la ciencia, especialmente de la ciencia contemporánea, al hacerse cargo las matemáticas y la lógica de elementos que permanecían efectivamente entre las sombras. Y que estos elementos demostraron que la intuición como tal era parte de las divergencias generales, de los múltiples universos, de las vías alternativas, en las diferentes leyes que prueban lo insoluble de lo que el sentido común guardaba como misterio en el interior y que, a la vez, comienza a ser palpable para el rostro contemporáneo.

Es verdad también que la declinación de la intuición femenina sucede con los nuevos modos de trazar la escritura. Si modificamos por un instante el término de intuición y le proponemos -y de hecho es el nuevo elemento que propongo- para hacer visible este elemento de la intuición femenina es: la mujer, lo femenino, tenía a su cargo un leer en la palabra que de ningún modo se especifica por ser parte de una escritura concebida en un modo del sentido común. Una escritura fuera de la división clásica de la palabra atribuida a lo fónico y una escritura atribuida a la letra escrita. Es evidente que las mujeres en la intuición mostraron y abrieron la puerta para comprender que en la palabra hay una escritura, que no necesita ni tinta ni papel. Si sustituimos intuición por leer, respecto a esta escritura, logramos captar algo que está en juego más rico en posibilidades que el hecho de atribuir esto a una especie de esencia, o de «nous», o de «pneuma» griego.

Este efecto de lectura la mujer lo ejercía en los tiempos en que este concepto de escritura no era llevado al plano de las teorizaciones como actualmente está siendo conducido. Pero no solamente a esto es atribuible la declinación de la intuición femenina, sino al hecho de que no encontró para la certeza de esa intuición otra cosa que la reedición de una teoría de la personalidad. Es decir, la atribución de esa certeza a una autorreferencia en tanto que la mujer manejaba los elementos que le brindaba su entorno, en tanto la captación de esa escritura era posible, si era conducida hacia el yo. De este modo ese leer una escritura invisible le permitió a la mujer cuestionar los argumentos con los cuales se expresaba la sinrazón del amo, y de ese modo el discurso histérico, fiado en principio a la mujer, dio lugar a esa respuesta inédita que es la de Freud. Recordemos que el padre del psicoanálisis en el sueño fundador de «La inyección de Irma» escribe: «Leo: trimetilamina». El acto de leer en el interior del sueño es el desplazamiento del leer como término intuitivo a un discurso.

En un momento determinado la mujer abandona esta intuición tal como en cierto momento de la historia se han abandonado otros elementos, como nos recuerda F. Engels en «El origen de la familia, la propiedad y el Estado», y que luego retomaremos.

El elemento coadyuvante para el abandono de la intuición han sido los desarrollos fabulosos de la ciencia y de la técnica; y en ese camino de la transformación de lo social bajo el modo de lo universal la mujer cambia su lugar pasando de un discurso que la privilegiaba en cierto punto de interrogación al amo a una cierta coalescencia con ese discurso. Efectivamente, la mujer ubicada en el discurso histérico deja de interrogar al amo, deja de cuestionar al amo, más bien para emprender el camino de su liberación tal como lo plantea la liberación femenina, el camino de su libertad. Implica, por lo tanto, aunque no se quiera aceptar esto fácilmente, tomar el discurso que antes era el del opresor. Es así como la mujer toma el dialecto obsesivo, que era el modo en que el amo, por sus argumentaciones, justificaba la irracionalidad de su acción. El amo, ubicado en el nivel de un S1, no tenía porqué justificar con otra cosa que con su propia palabra, podemos decir, la fe en los argumentos de sus acciones. La mujer toma ese camino y por eso podemos hablar de que se coadyuva lo que hace par con la declinación de la intuición femenina en el pasaje de las mujeres, de una manera más o menos aceptada, a lo que podemos llamar el recurso obsesivo o el dialecto obsesivo.

Esto es apenas un breve resumen de la complejidad, la trama de lo que tratamos. El pasaje del discurso histérico a su dialecto obsesivo hace que hombres y mujeres se emparenten, ya que junto con la declinación de la intuición femenina se observa la imposibilidad de los hombres de hacerse cargo de las funciones atribuidas antes al padre, fenómeno contemporáneo, que hace constatable, junto a la declinación de la intuición femenina, la declinación de la función paterna.

Asimismo vemos actualmente, como tercer punto, la inscripción del hombre al discurso histérico. Llega el momento de plantear la divergencia respecto a lo que fue tomado hasta ahora como intuición. En realidad -ésta es mi hipótesis- la mujer habitó un modo singular del leer esa escritura, modo del leer al cual podemos, también, darle el nombre de intuición.

Podemos, por ejemplo, interrogar el conocimiento intuitivo que ofrece Spinoza. Este conocimiento es de índole lógico-matemática. La intuición aparece, para Spinoza, en la solución del problema siguiente: «Dados tres enteros, hallar un cuarto que sea al tercero, lo que el segundo es al primero»(3). Esta operación es tan rápida para cualquier persona que se presenta como un destello de intuición. Esto se nos hace válido para pensar que este estilo de intuición capta muy bien la función del doble. Mario Bunge lo sitúa, quizá, sin saber lo que dice puesto que ignora que este concepto de doble ha sido aprehendido por el psicoanálisis, al cual este autor rechaza por considerarlo fuera del campo de la ciencia. La relación que aprehendemos, según Bunge, es el doble de.

Ese doble, función introducida por Freud respecto al fantasma, respecto a lo siniestro, tiene un amplio desarrollo, convirtiéndose en un fundamento. Lo que captamos en ese doble de es la duplicación original, en la cual el ser que habla está comprometido. Recordamos que este concepto de duplicación original es fundamento en la obra de M. Heidegger.

Ahora bien, cuando hablamos de intuición, cuando hablamos de duplicación original, cuando hablamos de doble desde el punto de vista de Spinoza, cuando nos referimos a este elemento misterioso que se dividiría entre intuición y razón, quizá ganaríamos una clarificación si aceptamos que se trata de la duplicación original e irreductible en el ser que habla entre palabra y escrito. Palabra y escritura que se ponen en juego en un leer que se apartaría, como antes dijimos, del canon tradicional, del sentido común, y que sin embargo no es menos común a todos.

Es evidente que las teorías del texto, las teorías del leer, nos ponen frente al camino, cada vez, del interrogar de qué se trata ese leer, si es que aceptamos que allí donde se dice intuición en realidad acontece un acto que podemos llamar leer. Si ponemos esta idea entre comillas es porque todavía no podemos atrevernos a colocar este leer de una manera franca y sencilla, ya que no es franca ni sencilla. Es evidente que es más fácil dar este concepto de un golpe, a saber: que la duplicación original en la que el ser que habla está inmerso se debe a que su palabra está vinculada a una escritura que desconoce y que lo desconoce. Este efecto, que no es otra cosa que darle una propiedad simbólica -simbólico en el sentido fuerte, en el sentido de la esencia del lenguaje- al ser que habla, es mostrar en qué punto es desconocido, en qué punto es inerme para sí mismo, ya que esa escritura que captaría en el otro no le es posible captarla en sí mismo; no hay un sí mismo para la captación de esa escritura. Esta escritura que podemos nombrar de muchos modos: como escritura dicente, escritura «c’escritur» como la nombra J. Lacan(4), nos permite, si sustituimos intuición por leer, en definitiva, dilucidar que ese atributo de la mujer, esa potencia oculta y misteriosa de la mujer llamada intuición, era la posibilidad de leer esa escritura. Leer, en lo que un texto presenta como palabra, otra cosa de lo que la palabra dice, radicalmente, no teniendo nada que ver aquello que se dice con aquello que se escribe. Entre escritura y palabra sólo en ocasiones hay pequeños destellos, pequeños contactos, zonas que son divergentes en el pensamiento, si es que lo hacemos pasar por esta duplicación original. Es a estos pequeños destellos, pequeños contactos, a lo que llamamos intuición.

Retomando el texto de Mario Bunge «Intuición y razón», lo más acertado en este punto de la intuición femenina parece ser cuando plantea que la cuestión de la intuitividad carece de sentido, y se pregunta si hay algún tribunal último para decidir qué concepto es inherentemente más intuitivo, y cito: «o la cuestión misma carece de sentido y la intuitividad es relativa al sujeto y su experiencia»(5). Es más importante, para nosotros, esto último, esta intuitividad relativa al sujeto y su experiencia, pues es justamente lo que queremos mostrar, a saber, que el leer que se plantearía en el lugar donde dice intuición es un leer propio a la mujer que se refiere a la cuestión del sujeto, en definitiva una cuestión de la subjetividad.

Ahora bien, no hay de ninguna manera un elemento llamado sujeto, tal como lo concibe y lo piensa el psicoanálisis, en todo el desarrollo de «La intuición y la razón». Una entrada del sujeto cuida la contingencia como marca de lo singular en lo universal. Se muestra, más que en la aparición de teorías, en la desaparición subrepticia de ciertos elementos, tal como vemos que ha sucedido con la intuición femenina.

Tenemos quizá en la historia -no bajo el modo de verdad histórica, ya que carece de importancia, y sólo lo tomamos como una ficción que porta un real hacia nosotros- un ejemplo similar en el libro «El origen de la familia, la propiedad y el Estado», que antes hemos mencionado. Allí se nos muestra lo que F. Engels llama «la revolución más importante en la historia del hombre, aquella que se realizó sin disparar un solo tiro». Es el momento, en un apretado resumen, donde en la antigüedad se disuelve el matrimonio de grupos y la mujer cede la propiedad de sus hijos al clan paterno, fijando así al hombre a la estabilidad y a la producción. Pero la causa que produce este movimiento, lo describe Engels de una manera magistral y enigmática, es «el derecho a la castidad de la mujer», citamos. ¿Qué puede querer decir el derecho a la castidad? Sólo podemos decir algo: es una cuestión inherente al concepto de goce y no parece casual que sean K. Marx y F. Engels quienes porten esta pregunta hasta nosotros en tanto creadores del concepto de plusvalía. Así vemos la pluralidad de elementos que se movieron alrededor de la declinación y desaparición del «derecho materno». Y es por esto que queda en consonancia con ese otro efecto de desaparición de lo que se dio en llamar la intuición femenina. Quedan aún por desarrollar las interrogaciones pertenecientes a una escritura apropiada a ese leer que la mujer cedió a un nuevo discurso: el del analista.

  • Referencias bibliográficas
    1. Bergson, Henry. Introduction à la métaphysique. En Revue de la métaphysique et de morale, XI, 1903, pág. 4.

    2. Bergson, Henry. L’évolution créatrice, 1907, Presses Universitaires de France, 1948, pág. 178.

    3. Bunge, Mario. Intuición y razón, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1996, pág. 22.

    4. Lacan, Jacques. El Seminario, Libro 11: Los 4 conceptos fundamentales del psicoanálisis.
    Epílogo. Ed. Paidós, Buenos Aires, 1988.

    5. Bunge, Mario. Op. cit., p. 38.

 

Autor | José L. Slimobich

La agresividad y el semejante. La lectura como límite.

videojuegosQuiero agradecer a José Slimobich y al Instituto de Psicoanálisis de Pamplona presentar este trabajo en estas terceras Jornadas Hispanoamericanas de Psicoanálisis.

U
n trabajo sobre algunos puntos del texto freudiano «El malestar en la cultura», en el marco de formación que venimos realizando en Buenos Aires con el psicoanalista José Slimobich y en relación al paradigma que él ha formulado: «Cuando se habla el inconsciente escribe, si hay lector para esa escritura».
El analista lee esa escritura del inconsciente, pero esta lectura se anuda y sostiene en lo que se desprende de la formalización del discurso analítico: una ética. Algunos puntos de «El malestar en la cultura»: Freud allí afirma que el sujeto aspira a la felicidad y devela, a la vez, la imposibilidad estructural de alcanzar dicha meta. Desde allí queda interrogada la posición de analista, ya que lo que se le demanda es la felicidad, o sea, el «bien»; y el «bien» es uno de los puntos centrales interrogados por la ética del psicoanálisis. Por otra parte, el bien queda anudado al vínculo con el semejante, al vínculo entre los que hablan. ¿Por qué no podemos alcanzar la felicidad? ¿Por qué el programa del principio del placer es irrealizable? Todo el orden del universo se le opone, dice Freud. Ahora, universo no hay otro que el de las palabras. Lenguaje, campo exterior en donde el sujeto se constituye, quedando inevitablemente por esto prendido al Otro… Y ese vínculo inevitable al otro es la causa de todo sufrimiento; «destino ineludible», nos va a decir Freud. Otro semejante al que debo amar como a mi mismo. Mandamiento del amor al prójimo cuyo secreto Freud y Lacan develan: La maldad y el crimen en el centro de lo humano.

P
ara trabajar lo hasta aquí planteado del texto freudiano, he tomado algunos elementos de textos de J. Lacan: «El estadio del espejo como formador de la función del yo tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica», «La agresividad en psicoanálisis», «Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente Freudiano» y el «Seminario 7. La ética del psicoanálisis». Cito a Freud en «El malestar en la cultura»: «El hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se lo atacara, sino, por el contrario, es un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad. Por consiguiente, el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo». «…La existencia de tales tendencias agresivas, que podemos percibir en nosotros mismos, y cuya existencia suponemos con toda razón en el prójimo, es el factor que perturba nuestra relación con los semejantes». Podemos ver en este párrafo asomar una dialéctica que es la del «Tú o yo». Lacan encuentra el fundamento de esto en la constitución del sujeto a nivel de la imagen, situado en el «estadio del espejo». En este nivel ¿qué es el semejante? Es ese otro similar sobre cuya imagen nos hemos constituido como «yo». ¿Qué es allí el espejo? El lugar donde se ve anticipadamente una imagen unitaria y total de lo que se es: puro fragmento. Hacia esa imagen que organiza y estructura se dirige el sujeto; va hacia allí. Pero ¿a dónde va? Va a eso que no tiene. Esa totalidad ofrecida por la imagen también muestra la fragmentación, en tanto ese espejo es allí función de límite, función de borde. Borde que va a poner a ese otro que devuelve la completud de la imagen como faltante. En este sentido la aprehensión de la imagen implica una pérdida. Lacan nos va a decir que esta función del espejo como borde es la función del Otro del lenguaje y sin esta función lo que hay es la aniquilación y la muerte segura… Narciso enamorado de su imagen, ahogándose en ella porque no hay allí ningún límite, ninguna pérdida. A la vez ese límite, la función del Otro del lenguaje, introduce el germen de la agresividad y la muerte en tanto funda la dialéctica del «tu o yo», en donde «con él no soy pero sin él tampoco» . Cito a Lacan en el texto «Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano»: «Lo que el sujeto encuentra en esa imagen alterada de su cuerpo es el paradigma de todas las formas del parecido que van a aplicar sobre el mundo de los objetos un tinte de hostilidad proyectando en él el avatar de la imagen narcisista, que por el efecto jubilatorio de su encuentro en el espejo, se convierte, en el enfrentamiento con el semejante, en el desahogo de las más intima agresividad.»

L
o hasta aquí planteado es uno de los vectores desde donde se puede ver la coartada del «bien» y del «amor al prójimo». Por ser el prójimo ese otro similar a nosotros sobre cuya imagen nos hemos constituido como «yo», ese otro es motivo de altruismo. Queremos su bien ya que su bien es a imagen del mío, más aún… es el mío. Se fundamenta así la agresividad, siendo el bien el poder de privar a otros de él. Por otra parte conlleva la segregación ya que ese bien tiene que ser a imagen del mío… intento de borrar toda diferencia, todo borde, todo límite con el otro. ¿No es el amor acaso el intento de atravesar el borde para encontrarse con ese otro imposible? Se corre hacia la fusión, una fusión con el otro hasta los límites de que en nombre del amor se puede llegar a «la muerte al fin juntos». Amor cuya esencia, nos dice Lacan, es narcisista. Amor que, dice Freud, es el prototipo de la aspiración a la felicidad», agregando «nunca sufrimos más que cuando amamos». Un amor que en lo igual se conjuga con la muerte y que sólo podría subsistir en la diferencia y la falta… un amor anudado al deseo.

U
n breve texto de un niño que viene a la consulta. Viene porque no puede estar con otros. Porque no puede dejar de pelear, de insultar, de arrojar objetos, de empujar. Esto mismo sucede en el consultorio. Hay una gran tensión todo el tiempo. Cuando juega, cuando llama a jugar a su analista, llega un momento en que comienza a tirar los juguetes, a empujar , a correr por el consultorio. Hay algo allí que se presenta insoportable. Hasta que en una sesión comienza a tirarle objetos al analista, a pegarle incluso; ante esto el analista lo agarra enérgicamente del brazo y con mucho enojo le dice: «No puedes hacer eso, no puedes pegarme, puedes conversar, jugar, pero de ningún modo puedes volver a pegar». Ante esto, este niño pregunta: «¿Tienes hijos?» el analista le responde que no y esto produce un gran alivio. ¿Qué lo alivió? Se lleva el material a la supervisión con José Slimobich, quién propone la siguiente lectura: allí donde este niño pregunta «¿tienes hijos?» La pregunta que se lee es: ¿»eres feliz en hacerme esto?» y el «no» que lo alivia es un primer borde, un primer límite que le asegura que no será tomado como objeto porque no hay objeto que pueda satisfacer. Se establece así una lejanía, una distancia que permite en las siguientes sesiones poder estar con el otro, hay más diálogo, sus juegos se extienden por más tiempo… pero sigue allí una tensión. Una tensión que este niño traduce con un «Voy a jugar solo». Cuando en el juego con su analista comienza a tirar algún juguete o a enojarse, dice: «prefiero jugar solo». El analista le dice que vaya, que juegue solo… Y lo que se lee en esta última secuencia es «Mucho amor, demasiado amor». Se le comunica que tal vez él decida jugar solo por la presencia de demasiado amor. La respuesta del sujeto ante esta lectura es, sobre el final de la sesión, un «No te vayas, voy a volver, la próxima vuelvo, espérame, no te vayas». Demasiado amor. Mucho amor.

L
a esencia del amor, retomando la primer parte del trabajo, es esencialmente narcisista, nos va a decir Lacan. Y esta lectura, «demasiado amor», hace emerger una pérdida que queda enunciada en un ‘No te vayas’. Entonces, un segundo movimiento en relación a este borde y a este espejo… la lectura como límite.

E
l trabajo realizado por este niño en su análisis, ha abierto otro mundo. Un mundo en donde conversa de los juegos que tiene en la computadora; le gusta mucho el fútbol. Entonces relata que tiene juegos de fútbol en la computadora. El analista le pregunta «¿Sólo juegos de fútbol?», él responde: «Sí, porque los otros juegos para las computadoras son juegos de guerra y a mí ya no me interesan los juegos de la guerra».
Autora | Mª Laura Alonzo

La impunidad, hermana del goce

Las+Madres+homenajeadas+en+la+plaza+Congreso+1En Argentina, los efectos del terror de Estado marcaron y siguen marcando las prácticas sociales. Por eso una de las cuestiones urgentes a tratar en los análisis es de qué manera articulamos lo público con lo privado.

A
los analistas del leer no nos convence lo que se lleva. Las terapias, aunque se piensen por izquierda, no saben lo que hacen por derecha. Políticamente correctas, sin embargo aplastan la singularidad. En la otra orilla el análisis lacaniano universitario debe enfrentar el siguiente problema: sigue la huella singular hasta el punto de contradicción público-privado: ahí, borra con el codo lo que escribe con la mano. Autoexpulsado de los asuntos públicos, muy «profesional», ex-menemista y ahora aggiornado: todo esto tiene consecuencias.

A
la hora de abordar lo real, da lo mismo el análisis lacaniano puro lenguaje y cero actualidad que la terapia pura actualidad y cero lenguaje. A la mano izquierda le conviene ignorar lo que hace la mano derecha, para repartirse la torta del bien y lo bello. Cualquiera preguntaría, a esta altura, ¿no será mejor para obtener bienes trabajar, y para sublimar, en los ratos de ocio, hacer arte? Sí; hasta que se cruza un síntoma en el camino. Por eso desde Letrahora informamos al público: sus síntomas escriben algo real, legible en su palabra. No sigan hablando a las paredes. No acepten consejos psicológicos, ni jueguitos de palabras pseudolacanianos que esquivan lo real. Hay otro psicoanálisis, en Argentina y en España. En los últimos años, hemos presenciado el surgimiento de un nuevo paradigma clínico: el paradigma del leer.1 El analista lector responde, en el punto preciso donde se cruzan, en el síntoma, lo privado y lo público. Veamos si podemos probarlo con un fragmento clínico.

U
na mujer enfrentada a un problema difícil: interrogar los efectos del goce obtenido en una situación de abuso sexual. Ocurre en su infancia, y lo hace público muchos años después, para resguardar del abusador a otros niños de la familia. A partir de allí, se debate entre las justas acusaciones a la familia por el silencio, el desvío de la mirada de este hecho y, por otra parte, su responsabilidad subjetiva. Y a medida que se van ordenando las cosas a nivel de lo social surgen inconvenientes respecto al ejercicio de la sexualidad. Hay contradicción entre lo público y lo privado.

E
stas verdades, que suelen ser insoportables, la distancian de un hermano que deja de hablarle durante muchos años. Hasta que recibe un llamado, en el que reivindica su posición: perdonar al abusador. Mi intervención se limita a preguntar qué piensa de la coincidencia de ese llamado familiar con la ruptura del pacto de silencio de varios militares argentinos acerca de los métodos de tortura y desaparición, importados de Francia (Argelia). Le sorprende no haberlo pensado. Al hablar con el hermano sólo se le presentaba la palabra impunidad, pero sin vinculación alguna con estos hechos, a los que prestó cuidadosa atención esa misma tarde. Paso seguido, habla de ese hermano y se puede leer que habla de él no como varón sino como si fuera su hermana.2 Es por allí que se abre la vía para interrogar el goce: el despecho por el retiro del amor del padre cuando nace el varón fue simultáneo a la relación con el abusador, que pertenecía a la familia. Mientras las cosas permanecían en la oscuridad respecto a lo público, la impunidad de la familia era la hermana de su goce. Cuando el analista mostró cómo leía sus asuntos con lo que ocurría afuera, cómo se coordinaban sus asuntos con lo público, surgió una escritura singular. Una salida del circuito trágico de la contradicción público-privado. Donde se mezclaban «la loca de la familia», con el lugar otorgado por la dictadura a las Madres: «las locas de Plaza de Mayo».

E
l discurso analítico es el reverso del discurso de la ley. Lo absolutamente singular, inabarcable por la ley, que se puede llamar real, aparece en contrapunto con el discurso de la ley, de la verdad en el sentido jurídico. La dificultad para captar estas cuestiones es que no está claro que el capitalismo sea un discurso, un modo ordenado del lazo social. Pues en sus catástrofes reiteradas, el «emporio de la impericia» se ejercita en formas de dominio tales que lindan con la psicosis.3,4 Por ejemplo: confundir Argelia con Argentina, y en ambos casos, el honor de guerra con el horror del simple asesinato.
Autor | Pablo Garrofe
Notas:
1. Lo practican quienes escriben en Letrahora, autores del libro Lacan: la marca del leer, Anthropos, 2000.
2. La ocasión de esta lectura fue una supervisión con José L. Slimobich, lo mismo que la ubicación de un fallido como lectura en la palabra.
3. Jacques Lacan. Sobre la psicosis social, ver De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis. En Escritos 2, Siglo XXI, 1992.
4. Slavoj Zizek. Las metástasis del goce. Paidós, 2003.

La locura de la argentinidad

ArgentinidadUn paciente cuenta una anécdota familiar. Lo cuenta como cosa al pasar, casi una curiosidad, algo de qué reírse. Cumpleaños de su tío. Va toda la familia. Hay empanadas, hay vino. La consigna del festejo, casi por unanimidad, y de manera espontánea, es no hablar de política, ni de políticos, ni de corralito, ni nada de las cosas que amargan cualquier mesa. De repente, después de algunos vasos de vino, surge la primera canción: La marcha de San Lorenzo. Luego el entusiasmo marchoso se enlaza al sentimiento patriótico, agigantado por «Alta en el cielo», «El himno a Sarmiento» y el «Himno a la bandera». A esa altura era todo fervor. Alguien que se atreve a decir que es pro-militar. Otro que aprueba y lanza un «Viva la patria». El paciente afirma que ningún sentimiento previo enturbiaba la cuestión, es decir, nadie de su familia es de carrera militar ni nada por el estilo, sino que se afirmaban en un sentir forjado en esas canciones infantiles con las que la escuela fue transmitiendo la idea de «patria», patria argentina.

O
tro paciente que se presenta padeciendo repentinos ataques de angustia, desde el mes de diciembre. Se refiere a la venta de la casa de sus padres, de lo dificil que eso había sido para él, de la coincidencia entre el mes en que se detonó su crisis y el cobro de la última cuota de la venta, repartida entre sus hermanos, pero ni mención a la crisis social que, casualmente, también estalló en ese momento. Se lo hago notar, y dice que sí, que puede ser, que justamente, en esos días, él, siendo maestro, más precisamente, profesor de una escuela secundaria, tuvo un terrible ataque de angustia cuando se le ocurrió pensar sobre qué futuro tendrían sus hijos. Sólo, recuerda, remarcándolo con el énfasis de quien siente curiosidad, se calmó cuando le comentó su angustia, y su preocupación, al «tipo de la limpieza». Como al pasar, y tratando de no ser «empático» con el profesional, – tendencia que trata de evitar a toda costa, según él, para no entorpecer el análisis -, dice que él tiene ascendencia «india», «aborigen», de Tucumán, de un abuelo por parte paterna que «tuvo algo por ahí», un «abuelo pícaro», y que cada tanto, salteando generaciones, aparece uno «medio negro» en la familia. Él siente, de su parte, una «leve tendencia al racismo» que intelectualmente rechaza de plano, pero igual se siente «diferente», es decir, superior intelectualmente, por no decir genio. Y ostenta un darwinismo social casi a modo de confesión, que jamás se atrevería a decir entre sus compañeros.

¿Acaso no encarnan, ambos casos, un fragmento del sistema de creencias que se dio en llamar «argentina», cristalizada institucionalmente en el único lugar que aún conservaba, y conserva, su función homogeneizadora sobre una población mayoritariamente inmigrante, y cuya misión asumió aún cuando el estado ya no se lo pedía, me refiero a la institución educativa? Rastros, huellas de la Argentina que no fue y que -al fin- llega a su destino latinoamericano. Que estos fragmentos de relatos que escuchamos en los consultorios dejen en ridículo la típica discusión entre un psicoanálsis «social» y otro «individual», entre «la realidad» y lo que pasa dentro de «las cuatro paredes del consultorio», como si éstas marcaran límite alguno a nivel del discurso, no debería llamarnos la atención. Lo cierto, es que se nota cada vez más crudamente que nuestra imagen, como argentinos, se hace insostenible. Fíjense la campaña arrolladora que se está llevando a cabo, especialmente desde los medios de comunicación, por revitalizar el sentimiento nacionalista, cuando hasta hace apenas unos meses eso era una berretada. Son caras de una misma moneda.

E
sa imagen, reflejada en el resto de los paises latinoamericanos a través de los «chistes de argentinos», la del espécimen canchero, un poco sobrador, rápido, culto, «diferente», el europeo de América, etc, hoy se derrumba, y ése es un aspecto, profundo, de la crisis social y cultural que vivimos. Esa imagen es la que se ve conmovida desde el mes de diciembre, y es lo que se puede ubicar en los fragmentos clínicos citados antes. La patria, los milicos, la vieja idea de formar una Nación partiendo de un pueblo fragmentado en muchas nacionalidades y clases sociales. La colimba, la educación, la creación de una historia oficial, fueron instrumentos para la fundación de un «sentir nacional». Esa locura colectiva, llamada «Argentina», hoy sólo son fragmentos irrecomponibles navegando en la testa de cada uno. Esa agonía de la imagen jubilosa en la que solíamos refugiarnos como consuelo, al modo religioso, va a durar un buen tiempo, y es seguro que, entre los analistas y sus instituciones, del mismo modo que el país, esto tenga su correlato.

E
s dificil creer que, en estas nuevas condiciones, aún por definir, se mantenga nuestra actual configuración política e institucional, en todos los órdenes. El problema es entender que, analizándolo a nivel del discurso, esto decanta en algo mucho menos sentimental. Pero es necesario tomar como eje el discurso, más allá del sentir, para no prolongar la agonía y facilitar la producción de una nueva realidad, que mejoren nuestra calidad de vida. Alguien se preguntará: ¿qué tiene que ver la «imagen argentina» (¿se acuerda de «la imagen argentina en el exterior» que buscó cultivar la dictadura, como clave de su política hacia el mundo, pero fundamentalmente, como espejo sobre el que reflejar la autosuficiencia del desconocimiento propio?) con uno?

I
nsistimos: ya no nos reconocemos como Nación, la Nación del Plata, el Granero del Mundo, la potencia siempre por venir, culta, pujante, con las cuatro estaciones y mucha tierra por poblar, con una gran clase media cuna del «material humano» más calificado de Latinoamérica, etc. El debilitamiento de estas características resaltan la estructura de anticipación que contienen estos elementos, y que constituyen la base de todas las especulaciones argentinas. Con ellas nos hemos ayudado a desconocer, o ignorar, la realidad discordante en la que cada uno está envuelto respecto de esa imagen colectiva. Hay que decirlo: el problema tampoco lo va a resolver la selección argentina en el próximo mundial.
Autor | José Luis Juresa

Palabras que hieren

La potencia de provocar dolor, de enfermar, de matar, de curar,
es inherente a la palabra. El silencio, la injuria, la humillación son formas de la violencia,
las que asume el malestar, y no en cualquier civilización: en la civilizada, en la nuestra.


palabras hieren1V
ivimos en la civilización del odio.

«Ésta es nuestra época: las guerras lejanas, la realidad construida con los medios de comunicación, los piercings (lo que se clava en el cuerpo para tener algo), el libro que no se lee, la acumulación, el individualismo a ultranza (el rechazo de lo colectivo), la inseguridad, la violencia… Tomamos posición frente a ello o simplemente se infiltra en nuestras vidas. Somos objetos sacudidos por la civilización del odio»
.1

O
dio lejano que no tomamos en cuenta más que en momentos puntuales y odio cercano en sus diversas formas de violencia contra el semejante: maltrato, amenazas, persecución, fenómenos de nueva aparición: mobbing,2 buylling…3 judicialización de la vida cotidiana, desaparición del respeto y de la distancia simbólica.

E
n todos estos fenómenos se puede decir que prima el silencio aunque se digan muchas cosas, aunque se digan barbaridades. Distintas maneras de hablar sin hablar, de hablar sin decir nada, muy presentes en la vida cotidiana.

E
ntre los efectos de odio presentes en la vida cotidiana están el insulto y las amenazas. No a todas las palabras se las lleva el viento, algunas palabras nos dejan huella, tienen capacidad de marca, las palabras tienen poder, qué duda cabe.

T
odos entendemos que se pueden lanzar palabras como pedradas. Cuando dos se insultan, se agreden verbalmente y se puede entender que aunque no se hablan tampoco se matan, al menos aparentemente. Freud, con ironía, lo recoge de un autor inglés: el primero que en vez de arrojar una flecha al enemigo le lanzó un insulto fue el fundador de la civilización… El insulto aparece como sustitución de la acción ofensiva, pasa a ser el arma de los que no tienen armas, de los que no tienen poder y se contentan con mancillar con la lengua… El campo se ha desplazado y se ha dividido: o palabras o armas y, en definitiva, o palabras o muerte.

S
in embargo, las palabras pueden doler tanto como una herida producida por una piedra y así el efecto de un insulto racista como agresión verbal es equivalente a «recibir una bofetada en la cara. La herida es instantánea (…) Algunas formas de insulto racial producen síntomas físicos que temporalmente dejan inválida a la víctima (…) los mensajes del racismo, las amenazas, las difamaciones, los epítetos y los menosprecios racistas, todos golpean las tripas de aquellos que pertenecen al grupo que está en el punto de mira».4 Por eso, según Toni Morrison,5 hay casos en que el lenguaje opresivo hace algo más que representar la violencia; es violencia. El lenguaje opresivo no es un sustituto de la experiencia de la violencia sino que produce su propio tipo de violencia. El testimonio de Victor Frankl6 en un campo de concentración, confirma que «peor que la humillación de los golpes era el insulto. Ser tratados como cerdos era el fin de todo sentimiento de dignidad que pudiera habernos quedado».

P
alabras que hieren, que humillan, que duelen, capacidad de marca de las palabras que alternativamente pueden amenazar y preservar al cuerpo.

C
uando Lacan habla de la injuria y el insulto plantea que el sujeto se constituye en la injuria, por efecto de la introducc

ión del significante; se trata de una injuria estructural, de una violencia inaugural. Lo lee en Freud: cuando el Hombre de las ratas era un niño, en un acceso de rabia, le contesta a su padre: «Tú lámpara, tú servilleta, tú plato«… ¿qué más? Es una metáfora radical. Ahí su padre duda si este niño va a ser un genio, -un poeta sin duda- o un gran criminal.7

L
acan va estar de acuerdo en que es en la dimensión de la injuria donde se origina la metáfora y es así que cuando el niño dice, que ya es decir, «el gato hace guau» y «el perro hace miau», en ese acto, de golpe, ha escindido la palabra y la cosa, ha aprehendido que la palabra y la cosa no son lo mismo, que una palabra puede pasar de cosa en cosa, funda una estructura topológica. Es por un acto de escritura que el niño rompe el acuerdo entre el gato y el miau y el perro y el guau, armando una oposición con las palabras que no está en las palabras. Y así, con este acto de violencia funda un nuevo acuerdo: el gato puede hacer guau y el perro puede hacer miau, aparece un incipiente poema…

H
ay, por tanto, una génesis de la violencia que proviene, que está fundada en el significante, en el acto de aprehender la estructura significante –la estructura de ruptura de la cosa con la palabra–, aprehende que es un acto de violencia, sufre ese acto de desgarramiento, la aprehensión del lenguaje le lleva a un primer saber de la violencia y por tanto de la maldad, violencia y maldad ahí se hacen par. Esto, sin duda, plantea problemas que Lacan va a seguir desarrollando más tarde.

E
l sujeto queda aherrojado, aprisionado en la injuria; la injuria es el único modo que tiene el sujeto de sujetarse, de agarrarse del lugar y así la injuria aparece como la envoltura que sustenta la imaginarización del sujeto.

L
a manera que tiene el sujeto de hacerse un lugar es la injuria que reactiva el Uno, lo retorna, identifica el sujeto con el yo; por eso de muchos recuerdos se recuerda la parte que tiene de injuria o nos quejamos que no es lo que se nos dijo sino el modo cómo se hizo, es decir que los modos borran la palabra. Por eso el sujeto tiene capacidad de marca más que capacidad de memoria, el sujeto se sorprende y olvida.

D
e la injuria de la metáfora, de ella, «procede la injusticia gratuita hecha a todo sujeto con un atributo mediante el que otro sujeto es animado a atacarlo».

L
acan nos recuerda que el ser procede del lenguaje, de lo simbólico pero de diferentes maneras; el amor inventa el ser, y el odio lo petrifica produciendo silencio.

H
oy día se intenta que el lenguaje sea código, que sea solamente instrumento de comunicación, que no sea un pase a la diferencia y a la alteridad. En otras palabras, se pretende que haya un discurso unívoco por el cual el insulto aparecería como un intento de máxima comunicación donde se entiende todo; se comprueba que del desamor, por ejemplo en las parejas, queda un resto de insultos intentando que el otro quede reducido y petrificado bajo la atribución injuriosa, que quede completado en relación a la significación que proviene del odio; claro que llegado ese momento, el amor, que se nutre mejor de equívocos y malentendidos, ha huido despavorido quedando sólo el silencio como la mala sombra de una desbordada pasión.
Autor | Pedro Muerza

Notas:
1. Slimobich, José L.; Cruz, Francisco; Duro Lombardo, Manuel; Levy, Bernard; (coords.). Lacan: amor y deseo en la civilización del odio. Editorial Universidad de Granada, 2004. Página 19.
2. Acoso psicológico en el trabajo.
3. Acoso entre estudiantes.
4. Matsuda, Mari y otros. Words that wound: critical race theory, assaultive speech and the first amendment. Westview Press, 1993.
5. Morrison, Toni. Conferencia pronunciada al recibir el Premio Nobel de Literatura, 1993.
6. Frankl, Vicktor E. El hombre en busca del sentido último. Editorial Paidós, 1999.
7. Lacan, Jacques. La metáfora del sujeto. En Escritos 2. Editorial Siglo XXI, 1987, pág 869.
8. Lacan, Jacques. De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis. En Escritos 2. Editorial Siglo XXI, 2002.
9. Lacan, Jacques. El Seminario, Libro 3: Las psicosis. Editorial Paidós, 1995.

Palabras que no hieren

Palabras no hierenEn la Editorial de Letrahora N°2 José L. Slimobich escribió: «A cambio de destino tenemos la suerte, el desvío y un proyecto político: ni por un instante la indiferencia». El destino está ligado a las palabras, a lo que prometen, a lo que anuncian.

E
ste tipo de destino lo señala José Luis Juresa en su artículo de Letrahora 3, cuando nos muestra la abundancia de noticias (en la radio, en la televisión, en los periódicos). «Noticias -dice Juresa- que en verdad se constituyen en los capítulos con los que se va dosificando la información acerca de un destino cantado, como en las telenovelas».

U
n amigo me decía en una conversación que la maratón de noticias que los medios llaman la realidad no dejan marca. Lo que hoy es noticia mañana ya no lo es; hoy son las inundaciones en la provincia de Santa Fe y mañana eso ya no es noticia porque ganó un caso policial… y así una noticia borra la otra… Me pareció entender que este amigo hablaba de la indiferencia, de la insensibilidad, del todo pasa. En esa misma charla decía también que la poesía, la música, la pintura, decían más de la realidad humana que eso que habitualmente llamamos la noticia.

E
ste diálogo abrió una pregunta ¿qué pasa con las palabras? ¿para qué se usan? Decía al principio que nos prometen destinos, metas, bienes… como los políticos que prometen y prometen lo que evidentemente no se alcanza. Así, sumergidos en la promesa, en el progreso, todo pasa, «eterno presente, pura actualidad, sin futuro ni historia» -como nos dice Slimobich en el editorial. Así, la palabra se convierte en arma que mata al que supongo me quita lo que me corresponde y que además me han prometido; se convierte en dominio, en «destino cantado».

P
ero está la letra, la palabra que conjugada con la escritura no se la lleva el viento. En Granada, en las Jornadas «Las epidemias del odio» realizadas en abril de este año, Slimobich decía: «La palabra promete y su fuerza de engaño es su poder, poder de seducción, de hechizo; el escrito por el contrario viene de lejos y hace historia cierta».

E
n el destino cantado de las palabras presentan su cara la desidia, el aburrimiento, el no hay nada que hacer. Si la palabra no se conjuga con el vacío necesario de la escritura su consecuencia es la devastación, la crueldad y el dominio. Abolición del deseo.

N
ecesitamos la escritura para que en la «noticia cantada» se presente el desvío, la suerte, la esperanza, no una esperanza sonsa -como decía Fabiana Grinberg en Letrahora N°1- sino una esperanza que sabe de la desesperación.

E
n la noticia cantada, lo no calculado: se fue Menem; parecía cantado, pero no estábamos tan seguros ¿no?

E
n la noticia cantada, lo inesperado: Fidel Castro en la Argentina, la Facultad de Derecho en la calle. ¿Y que tendrá que ver Fidel Castro con la escritura, con el psicoanálisis? Tal vez su vínculo sea porque dijo que es la educación lo que convierte al animalito en ser humano. O sea que no da por supuesto que el animal que habla sea humano sino es por algo que está vinculado a las letras. Será porque dijo que el hombre tiene un cuerpo que hay que cuidar y alimentar para que pueda desarrollarse y que eso depende de una decisión, de una responsabilidad.


S
erá porque reflexionar y escuchar sobre estas cosas era impensable en la Argentina hasta no hace mucho tiempo.


S
erá porque alguien que vino a su entrevista el martes por la tarde relató que había estado un poco deprimido, en la cama, y que por casualidad se encontró en la televisión con Fidel Castro en la Facultad de Derecho y algo lo despertó, le sorprendió la cantidad de gente que había… no podía explicar muy bien lo que le sucedía y en su relato se lee una frase: «palabras que no hieren».

Y
eso es efectivamente lo que dijo Fidel Castro en su discurso: «Hay que evitar decir una palabra que pueda lastimar a alguien, que parezca alguna injerencia, y no creo que haya pronunciado una sola que parezca la más mínima injerencia en los problemas internos del país hospitalario en que me encuentro».

Q
uienes hacemos Letrahora apostamos por la posibilidad de un diálogo cuya consecuencia necesaria no sea la muerte del otro.


F
rente a nuestro tiempo, aunque sean tiempos sombríos, aunque sean tiempos de esperanza, tener la lucidez necesaria, lucidez que no es desconfianza sino posibilidad de hacer con responsabilidad, porque el argumento de no poder cambiar el mundo no retira esa responsabilidad, como decía Freud, la responsabilidad de soportar la vida. Porque «mirar de frente lo imposible de modificar es totalmente diferente de negarlo».1
Autora | María Laura Alonzo
Notas:
1.- Slimobich, José L. Terror, nombre del sujeto. Editorial de Letrahora N°3. 2003.