En Argentina, los efectos del terror de Estado marcaron y siguen marcando las prácticas sociales. Por eso una de las cuestiones urgentes a tratar en los análisis es de qué manera articulamos lo público con lo privado.
A los analistas del leer no nos convence lo que se lleva. Las terapias, aunque se piensen por izquierda, no saben lo que hacen por derecha. Políticamente correctas, sin embargo aplastan la singularidad. En la otra orilla el análisis lacaniano universitario debe enfrentar el siguiente problema: sigue la huella singular hasta el punto de contradicción público-privado: ahí, borra con el codo lo que escribe con la mano. Autoexpulsado de los asuntos públicos, muy «profesional», ex-menemista y ahora aggiornado: todo esto tiene consecuencias.
A la hora de abordar lo real, da lo mismo el análisis lacaniano puro lenguaje y cero actualidad que la terapia pura actualidad y cero lenguaje. A la mano izquierda le conviene ignorar lo que hace la mano derecha, para repartirse la torta del bien y lo bello. Cualquiera preguntaría, a esta altura, ¿no será mejor para obtener bienes trabajar, y para sublimar, en los ratos de ocio, hacer arte? Sí; hasta que se cruza un síntoma en el camino. Por eso desde Letrahora informamos al público: sus síntomas escriben algo real, legible en su palabra. No sigan hablando a las paredes. No acepten consejos psicológicos, ni jueguitos de palabras pseudolacanianos que esquivan lo real. Hay otro psicoanálisis, en Argentina y en España. En los últimos años, hemos presenciado el surgimiento de un nuevo paradigma clínico: el paradigma del leer.1 El analista lector responde, en el punto preciso donde se cruzan, en el síntoma, lo privado y lo público. Veamos si podemos probarlo con un fragmento clínico.
Una mujer enfrentada a un problema difícil: interrogar los efectos del goce obtenido en una situación de abuso sexual. Ocurre en su infancia, y lo hace público muchos años después, para resguardar del abusador a otros niños de la familia. A partir de allí, se debate entre las justas acusaciones a la familia por el silencio, el desvío de la mirada de este hecho y, por otra parte, su responsabilidad subjetiva. Y a medida que se van ordenando las cosas a nivel de lo social surgen inconvenientes respecto al ejercicio de la sexualidad. Hay contradicción entre lo público y lo privado.
Estas verdades, que suelen ser insoportables, la distancian de un hermano que deja de hablarle durante muchos años. Hasta que recibe un llamado, en el que reivindica su posición: perdonar al abusador. Mi intervención se limita a preguntar qué piensa de la coincidencia de ese llamado familiar con la ruptura del pacto de silencio de varios militares argentinos acerca de los métodos de tortura y desaparición, importados de Francia (Argelia). Le sorprende no haberlo pensado. Al hablar con el hermano sólo se le presentaba la palabra impunidad, pero sin vinculación alguna con estos hechos, a los que prestó cuidadosa atención esa misma tarde. Paso seguido, habla de ese hermano y se puede leer que habla de él no como varón sino como si fuera su hermana.2 Es por allí que se abre la vía para interrogar el goce: el despecho por el retiro del amor del padre cuando nace el varón fue simultáneo a la relación con el abusador, que pertenecía a la familia. Mientras las cosas permanecían en la oscuridad respecto a lo público, la impunidad de la familia era la hermana de su goce. Cuando el analista mostró cómo leía sus asuntos con lo que ocurría afuera, cómo se coordinaban sus asuntos con lo público, surgió una escritura singular. Una salida del circuito trágico de la contradicción público-privado. Donde se mezclaban «la loca de la familia», con el lugar otorgado por la dictadura a las Madres: «las locas de Plaza de Mayo».
El discurso analítico es el reverso del discurso de la ley. Lo absolutamente singular, inabarcable por la ley, que se puede llamar real, aparece en contrapunto con el discurso de la ley, de la verdad en el sentido jurídico. La dificultad para captar estas cuestiones es que no está claro que el capitalismo sea un discurso, un modo ordenado del lazo social. Pues en sus catástrofes reiteradas, el «emporio de la impericia» se ejercita en formas de dominio tales que lindan con la psicosis.3,4 Por ejemplo: confundir Argelia con Argentina, y en ambos casos, el honor de guerra con el horror del simple asesinato.
Autor | Pablo Garrofe
Notas:
1. Lo practican quienes escriben en Letrahora, autores del libro Lacan: la marca del leer, Anthropos, 2000.
2. La ocasión de esta lectura fue una supervisión con José L. Slimobich, lo mismo que la ubicación de un fallido como lectura en la palabra.
3. Jacques Lacan. Sobre la psicosis social, ver De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis. En Escritos 2, Siglo XXI, 1992.
4. Slavoj Zizek. Las metástasis del goce. Paidós, 2003.
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La locura de la argentinidad
Un paciente cuenta una anécdota familiar. Lo cuenta como cosa al pasar, casi una curiosidad, algo de qué reírse. Cumpleaños de su tío. Va toda la familia. Hay empanadas, hay vino. La consigna del festejo, casi por unanimidad, y de manera espontánea, es no hablar de política, ni de políticos, ni de corralito, ni nada de las cosas que amargan cualquier mesa. De repente, después de algunos vasos de vino, surge la primera canción: La marcha de San Lorenzo. Luego el entusiasmo marchoso se enlaza al sentimiento patriótico, agigantado por «Alta en el cielo», «El himno a Sarmiento» y el «Himno a la bandera». A esa altura era todo fervor. Alguien que se atreve a decir que es pro-militar. Otro que aprueba y lanza un «Viva la patria». El paciente afirma que ningún sentimiento previo enturbiaba la cuestión, es decir, nadie de su familia es de carrera militar ni nada por el estilo, sino que se afirmaban en un sentir forjado en esas canciones infantiles con las que la escuela fue transmitiendo la idea de «patria», patria argentina.
Otro paciente que se presenta padeciendo repentinos ataques de angustia, desde el mes de diciembre. Se refiere a la venta de la casa de sus padres, de lo dificil que eso había sido para él, de la coincidencia entre el mes en que se detonó su crisis y el cobro de la última cuota de la venta, repartida entre sus hermanos, pero ni mención a la crisis social que, casualmente, también estalló en ese momento. Se lo hago notar, y dice que sí, que puede ser, que justamente, en esos días, él, siendo maestro, más precisamente, profesor de una escuela secundaria, tuvo un terrible ataque de angustia cuando se le ocurrió pensar sobre qué futuro tendrían sus hijos. Sólo, recuerda, remarcándolo con el énfasis de quien siente curiosidad, se calmó cuando le comentó su angustia, y su preocupación, al «tipo de la limpieza». Como al pasar, y tratando de no ser «empático» con el profesional, – tendencia que trata de evitar a toda costa, según él, para no entorpecer el análisis -, dice que él tiene ascendencia «india», «aborigen», de Tucumán, de un abuelo por parte paterna que «tuvo algo por ahí», un «abuelo pícaro», y que cada tanto, salteando generaciones, aparece uno «medio negro» en la familia. Él siente, de su parte, una «leve tendencia al racismo» que intelectualmente rechaza de plano, pero igual se siente «diferente», es decir, superior intelectualmente, por no decir genio. Y ostenta un darwinismo social casi a modo de confesión, que jamás se atrevería a decir entre sus compañeros.
¿Acaso no encarnan, ambos casos, un fragmento del sistema de creencias que se dio en llamar «argentina», cristalizada institucionalmente en el único lugar que aún conservaba, y conserva, su función homogeneizadora sobre una población mayoritariamente inmigrante, y cuya misión asumió aún cuando el estado ya no se lo pedía, me refiero a la institución educativa? Rastros, huellas de la Argentina que no fue y que -al fin- llega a su destino latinoamericano. Que estos fragmentos de relatos que escuchamos en los consultorios dejen en ridículo la típica discusión entre un psicoanálsis «social» y otro «individual», entre «la realidad» y lo que pasa dentro de «las cuatro paredes del consultorio», como si éstas marcaran límite alguno a nivel del discurso, no debería llamarnos la atención. Lo cierto, es que se nota cada vez más crudamente que nuestra imagen, como argentinos, se hace insostenible. Fíjense la campaña arrolladora que se está llevando a cabo, especialmente desde los medios de comunicación, por revitalizar el sentimiento nacionalista, cuando hasta hace apenas unos meses eso era una berretada. Son caras de una misma moneda.
Esa imagen, reflejada en el resto de los paises latinoamericanos a través de los «chistes de argentinos», la del espécimen canchero, un poco sobrador, rápido, culto, «diferente», el europeo de América, etc, hoy se derrumba, y ése es un aspecto, profundo, de la crisis social y cultural que vivimos. Esa imagen es la que se ve conmovida desde el mes de diciembre, y es lo que se puede ubicar en los fragmentos clínicos citados antes. La patria, los milicos, la vieja idea de formar una Nación partiendo de un pueblo fragmentado en muchas nacionalidades y clases sociales. La colimba, la educación, la creación de una historia oficial, fueron instrumentos para la fundación de un «sentir nacional». Esa locura colectiva, llamada «Argentina», hoy sólo son fragmentos irrecomponibles navegando en la testa de cada uno. Esa agonía de la imagen jubilosa en la que solíamos refugiarnos como consuelo, al modo religioso, va a durar un buen tiempo, y es seguro que, entre los analistas y sus instituciones, del mismo modo que el país, esto tenga su correlato.
Es dificil creer que, en estas nuevas condiciones, aún por definir, se mantenga nuestra actual configuración política e institucional, en todos los órdenes. El problema es entender que, analizándolo a nivel del discurso, esto decanta en algo mucho menos sentimental. Pero es necesario tomar como eje el discurso, más allá del sentir, para no prolongar la agonía y facilitar la producción de una nueva realidad, que mejoren nuestra calidad de vida. Alguien se preguntará: ¿qué tiene que ver la «imagen argentina» (¿se acuerda de «la imagen argentina en el exterior» que buscó cultivar la dictadura, como clave de su política hacia el mundo, pero fundamentalmente, como espejo sobre el que reflejar la autosuficiencia del desconocimiento propio?) con uno?
Insistimos: ya no nos reconocemos como Nación, la Nación del Plata, el Granero del Mundo, la potencia siempre por venir, culta, pujante, con las cuatro estaciones y mucha tierra por poblar, con una gran clase media cuna del «material humano» más calificado de Latinoamérica, etc. El debilitamiento de estas características resaltan la estructura de anticipación que contienen estos elementos, y que constituyen la base de todas las especulaciones argentinas. Con ellas nos hemos ayudado a desconocer, o ignorar, la realidad discordante en la que cada uno está envuelto respecto de esa imagen colectiva. Hay que decirlo: el problema tampoco lo va a resolver la selección argentina en el próximo mundial.
Autor | José Luis Juresa
Palabras que hieren
La potencia de provocar dolor, de enfermar, de matar, de curar,
es inherente a la palabra. El silencio, la injuria, la humillación son formas de la violencia,
las que asume el malestar, y no en cualquier civilización: en la civilizada, en la nuestra.
Vivimos en la civilización del odio.
«Ésta es nuestra época: las guerras lejanas, la realidad construida con los medios de comunicación, los piercings (lo que se clava en el cuerpo para tener algo), el libro que no se lee, la acumulación, el individualismo a ultranza (el rechazo de lo colectivo), la inseguridad, la violencia… Tomamos posición frente a ello o simplemente se infiltra en nuestras vidas. Somos objetos sacudidos por la civilización del odio».1
Odio lejano que no tomamos en cuenta más que en momentos puntuales y odio cercano en sus diversas formas de violencia contra el semejante: maltrato, amenazas, persecución, fenómenos de nueva aparición: mobbing,2 buylling…3 judicialización de la vida cotidiana, desaparición del respeto y de la distancia simbólica.
En todos estos fenómenos se puede decir que prima el silencio aunque se digan muchas cosas, aunque se digan barbaridades. Distintas maneras de hablar sin hablar, de hablar sin decir nada, muy presentes en la vida cotidiana.
Entre los efectos de odio presentes en la vida cotidiana están el insulto y las amenazas. No a todas las palabras se las lleva el viento, algunas palabras nos dejan huella, tienen capacidad de marca, las palabras tienen poder, qué duda cabe.
Todos entendemos que se pueden lanzar palabras como pedradas. Cuando dos se insultan, se agreden verbalmente y se puede entender que aunque no se hablan tampoco se matan, al menos aparentemente. Freud, con ironía, lo recoge de un autor inglés: el primero que en vez de arrojar una flecha al enemigo le lanzó un insulto fue el fundador de la civilización… El insulto aparece como sustitución de la acción ofensiva, pasa a ser el arma de los que no tienen armas, de los que no tienen poder y se contentan con mancillar con la lengua… El campo se ha desplazado y se ha dividido: o palabras o armas y, en definitiva, o palabras o muerte.
Sin embargo, las palabras pueden doler tanto como una herida producida por una piedra y así el efecto de un insulto racista como agresión verbal es equivalente a «recibir una bofetada en la cara. La herida es instantánea (…) Algunas formas de insulto racial producen síntomas físicos que temporalmente dejan inválida a la víctima (…) los mensajes del racismo, las amenazas, las difamaciones, los epítetos y los menosprecios racistas, todos golpean las tripas de aquellos que pertenecen al grupo que está en el punto de mira».4 Por eso, según Toni Morrison,5 hay casos en que el lenguaje opresivo hace algo más que representar la violencia; es violencia. El lenguaje opresivo no es un sustituto de la experiencia de la violencia sino que produce su propio tipo de violencia. El testimonio de Victor Frankl6 en un campo de concentración, confirma que «peor que la humillación de los golpes era el insulto. Ser tratados como cerdos era el fin de todo sentimiento de dignidad que pudiera habernos quedado».
Palabras que hieren, que humillan, que duelen, capacidad de marca de las palabras que alternativamente pueden amenazar y preservar al cuerpo.
Cuando Lacan habla de la injuria y el insulto plantea que el sujeto se constituye en la injuria, por efecto de la introducc
ión del significante; se trata de una injuria estructural, de una violencia inaugural. Lo lee en Freud: cuando el Hombre de las ratas era un niño, en un acceso de rabia, le contesta a su padre: «Tú lámpara, tú servilleta, tú plato«… ¿qué más? Es una metáfora radical. Ahí su padre duda si este niño va a ser un genio, -un poeta sin duda- o un gran criminal.7
Lacan va estar de acuerdo en que es en la dimensión de la injuria donde se origina la metáfora y es así que cuando el niño dice, que ya es decir, «el gato hace guau» y «el perro hace miau», en ese acto, de golpe, ha escindido la palabra y la cosa, ha aprehendido que la palabra y la cosa no son lo mismo, que una palabra puede pasar de cosa en cosa, funda una estructura topológica. Es por un acto de escritura que el niño rompe el acuerdo entre el gato y el miau y el perro y el guau, armando una oposición con las palabras que no está en las palabras. Y así, con este acto de violencia funda un nuevo acuerdo: el gato puede hacer guau y el perro puede hacer miau, aparece un incipiente poema…
Hay, por tanto, una génesis de la violencia que proviene, que está fundada en el significante, en el acto de aprehender la estructura significante –la estructura de ruptura de la cosa con la palabra–, aprehende que es un acto de violencia, sufre ese acto de desgarramiento, la aprehensión del lenguaje le lleva a un primer saber de la violencia y por tanto de la maldad, violencia y maldad ahí se hacen par. Esto, sin duda, plantea problemas que Lacan va a seguir desarrollando más tarde.
El sujeto queda aherrojado, aprisionado en la injuria; la injuria es el único modo que tiene el sujeto de sujetarse, de agarrarse del lugar y así la injuria aparece como la envoltura que sustenta la imaginarización del sujeto.
La manera que tiene el sujeto de hacerse un lugar es la injuria que reactiva el Uno, lo retorna, identifica el sujeto con el yo; por eso de muchos recuerdos se recuerda la parte que tiene de injuria o nos quejamos que no es lo que se nos dijo sino el modo cómo se hizo, es decir que los modos borran la palabra. Por eso el sujeto tiene capacidad de marca más que capacidad de memoria, el sujeto se sorprende y olvida.
De la injuria de la metáfora, de ella, «procede la injusticia gratuita hecha a todo sujeto con un atributo mediante el que otro sujeto es animado a atacarlo».
Lacan nos recuerda que el ser procede del lenguaje, de lo simbólico pero de diferentes maneras; el amor inventa el ser, y el odio lo petrifica produciendo silencio.
Hoy día se intenta que el lenguaje sea código, que sea solamente instrumento de comunicación, que no sea un pase a la diferencia y a la alteridad. En otras palabras, se pretende que haya un discurso unívoco por el cual el insulto aparecería como un intento de máxima comunicación donde se entiende todo; se comprueba que del desamor, por ejemplo en las parejas, queda un resto de insultos intentando que el otro quede reducido y petrificado bajo la atribución injuriosa, que quede completado en relación a la significación que proviene del odio; claro que llegado ese momento, el amor, que se nutre mejor de equívocos y malentendidos, ha huido despavorido quedando sólo el silencio como la mala sombra de una desbordada pasión.
Autor | Pedro Muerza
Notas:
1. Slimobich, José L.; Cruz, Francisco; Duro Lombardo, Manuel; Levy, Bernard; (coords.). Lacan: amor y deseo en la civilización del odio. Editorial Universidad de Granada, 2004. Página 19.
2. Acoso psicológico en el trabajo.
3. Acoso entre estudiantes.
4. Matsuda, Mari y otros. Words that wound: critical race theory, assaultive speech and the first amendment. Westview Press, 1993.
5. Morrison, Toni. Conferencia pronunciada al recibir el Premio Nobel de Literatura, 1993.
6. Frankl, Vicktor E. El hombre en busca del sentido último. Editorial Paidós, 1999.
7. Lacan, Jacques. La metáfora del sujeto. En Escritos 2. Editorial Siglo XXI, 1987, pág 869.
8. Lacan, Jacques. De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis. En Escritos 2. Editorial Siglo XXI, 2002.
9. Lacan, Jacques. El Seminario, Libro 3: Las psicosis. Editorial Paidós, 1995.
Palabras que no hieren
En la Editorial de Letrahora N°2 José L. Slimobich escribió: «A cambio de destino tenemos la suerte, el desvío y un proyecto político: ni por un instante la indiferencia». El destino está ligado a las palabras, a lo que prometen, a lo que anuncian.
Este tipo de destino lo señala José Luis Juresa en su artículo de Letrahora 3, cuando nos muestra la abundancia de noticias (en la radio, en la televisión, en los periódicos). «Noticias -dice Juresa- que en verdad se constituyen en los capítulos con los que se va dosificando la información acerca de un destino cantado, como en las telenovelas».
Un amigo me decía en una conversación que la maratón de noticias que los medios llaman la realidad no dejan marca. Lo que hoy es noticia mañana ya no lo es; hoy son las inundaciones en la provincia de Santa Fe y mañana eso ya no es noticia porque ganó un caso policial… y así una noticia borra la otra… Me pareció entender que este amigo hablaba de la indiferencia, de la insensibilidad, del todo pasa. En esa misma charla decía también que la poesía, la música, la pintura, decían más de la realidad humana que eso que habitualmente llamamos la noticia.
Este diálogo abrió una pregunta ¿qué pasa con las palabras? ¿para qué se usan? Decía al principio que nos prometen destinos, metas, bienes… como los políticos que prometen y prometen lo que evidentemente no se alcanza. Así, sumergidos en la promesa, en el progreso, todo pasa, «eterno presente, pura actualidad, sin futuro ni historia» -como nos dice Slimobich en el editorial. Así, la palabra se convierte en arma que mata al que supongo me quita lo que me corresponde y que además me han prometido; se convierte en dominio, en «destino cantado».
Pero está la letra, la palabra que conjugada con la escritura no se la lleva el viento. En Granada, en las Jornadas «Las epidemias del odio» realizadas en abril de este año, Slimobich decía: «La palabra promete y su fuerza de engaño es su poder, poder de seducción, de hechizo; el escrito por el contrario viene de lejos y hace historia cierta».
En el destino cantado de las palabras presentan su cara la desidia, el aburrimiento, el no hay nada que hacer. Si la palabra no se conjuga con el vacío necesario de la escritura su consecuencia es la devastación, la crueldad y el dominio. Abolición del deseo.
Necesitamos la escritura para que en la «noticia cantada» se presente el desvío, la suerte, la esperanza, no una esperanza sonsa -como decía Fabiana Grinberg en Letrahora N°1- sino una esperanza que sabe de la desesperación.
En la noticia cantada, lo no calculado: se fue Menem; parecía cantado, pero no estábamos tan seguros ¿no?
En la noticia cantada, lo inesperado: Fidel Castro en la Argentina, la Facultad de Derecho en la calle. ¿Y que tendrá que ver Fidel Castro con la escritura, con el psicoanálisis? Tal vez su vínculo sea porque dijo que es la educación lo que convierte al animalito en ser humano. O sea que no da por supuesto que el animal que habla sea humano sino es por algo que está vinculado a las letras. Será porque dijo que el hombre tiene un cuerpo que hay que cuidar y alimentar para que pueda desarrollarse y que eso depende de una decisión, de una responsabilidad.
Será porque reflexionar y escuchar sobre estas cosas era impensable en la Argentina hasta no hace mucho tiempo.
Será porque alguien que vino a su entrevista el martes por la tarde relató que había estado un poco deprimido, en la cama, y que por casualidad se encontró en la televisión con Fidel Castro en la Facultad de Derecho y algo lo despertó, le sorprendió la cantidad de gente que había… no podía explicar muy bien lo que le sucedía y en su relato se lee una frase: «palabras que no hieren».
Y eso es efectivamente lo que dijo Fidel Castro en su discurso: «Hay que evitar decir una palabra que pueda lastimar a alguien, que parezca alguna injerencia, y no creo que haya pronunciado una sola que parezca la más mínima injerencia en los problemas internos del país hospitalario en que me encuentro».
Quienes hacemos Letrahora apostamos por la posibilidad de un diálogo cuya consecuencia necesaria no sea la muerte del otro.
Frente a nuestro tiempo, aunque sean tiempos sombríos, aunque sean tiempos de esperanza, tener la lucidez necesaria, lucidez que no es desconfianza sino posibilidad de hacer con responsabilidad, porque el argumento de no poder cambiar el mundo no retira esa responsabilidad, como decía Freud, la responsabilidad de soportar la vida. Porque «mirar de frente lo imposible de modificar es totalmente diferente de negarlo».1
Autora | María Laura Alonzo
Notas:
1.- Slimobich, José L. Terror, nombre del sujeto. Editorial de Letrahora N°3. 2003.
Terror, nombre del sujeto
Éstos no son los tiempos del temor. Son los tiempos del terror. Negados, siempre negados, haciendo lo posible, aparentando «la normalidad», mientras alrededor del mundo breve, como un caos contradictorio y exangüe, doloroso. Pero no queremos callar: hoy cacerolazo, mañana grito, firmas contra la guerra, e-mail, no cejar, insistir. Pero esto no es ni posicion épica ni agitativa en vano. Pues mirar de frente lo imposible de modificar es totalmente diferente de negarlo. Y ya veremos que esta diferencia es más profunda de lo que parece y que tiene innumerables consecuencias teóricas y prácticas.
Nos negamos también, pues hemos decidido inscribirnos en el trabajo y desarrollo de las obras de Freud y de Lacan, a aceptar el rechazo, la muerte que les propicia la cultura. Hoy sólo les queda habitar en páginas vagas, de libros cuyos autores sólo preguntan las cifras de venta y que no esperan ninguna consecuencia, pues, según declaran, nadie puede esperar nada de ninguna escritura.
El discurso capitalista, que es el discurso de «el tiempo», pura actualidad, eterno presente sin futuro ni historia, hace casi imposible que estas voces, estas escrituras sean escuchadas, en su dignidad de hacer. Hay escritores que no renuncian, y con razón, a construir el relato que permita el porqué y hacia dónde, que permita aposentar nuevas formas de convivencia y equidad. No renunciar a ello, es todo.
Éste es el tiempo del odio y del terror. El tiempo del rechazo, verwerfung, del amor. No amor y por lo tanto, nada existe como deseo. El hombre sólo es planteado por este discurso como desecho y desechable.
Estábamos equivocados. Junto a la teoría, (leímos mal) presentábamos al hombre como ser del lenguaje, efecto del lenguaje que lo preexistía, lenguaje donde se inscribía el viviente. Estábamos equivocados.
El hombre sólo conoce el lenguaje como instrumento y herramienta. Sólo adquiere el lenguaje en tanto le permite el dominio de su imagen, es decir el dominio del otro. No aspira a otra cosa que usufructuar del otro al máximo posible, entregando el mínimo. Depredador por excelencia, sólo respeta a los suyos mientras tanto, pues necesita sus refugios y justificaciones. Todo lo que el hombre ha pensado y realizado no es más que esta dialéctica de hierro: o triunfar sobre los otros o defenderse de los otros. Por lo tanto, la teoría de la guerra abarca todos los escenarios. Y si alguien señala nuestro pesimismo, simplemente podemos objetarle que mucho más pesimista es el mundo en su realidad.Sin embargo, puede objetarse, también hay en el hombre arte y sublimación, caridad y cuidado. El hombre puede sacrificarse por causas e ideales, puede hacerlo por otras personas. ¿Cómo se incluye esto dentro del panorama de su capacidad animal…? Otras especies también lo hacen, puede objetarse. Excepto el arte.
Y así entrevemos una salida: no la empresa del arte, no sólo lo que el arte nos muestra. Sino fundamentalmente, lo que el arte nos enseña. Ante todo, hacer con el vacío que nos habita otra cosa que el relleno de la crueldad. También debemos reconocer, desde Auschwitz, que el arte no es suficiente. Y además… Por qué habría de serlo, en la búsqueda de comprender el designio humano de destrucción. Para comprender, escuchemos a los poetas. Ellos ya nos señalan la primera, el inicio de la diferencia con el animal: la posibilidad de transformar la lengua, de hacer los libros, de transmitir lo que es.
II
¿Hay otro modo de leer esto…? Sí, que ya no sueño. Pues los míos no son sueños, son sólo explicaciones pedantes y laboriosas, réplicas sosas y ociosas de mis pocas acciones. Y los sonidos amplios y lejanos no abren la mañana, diversidad del afuera, son tan sólo el espanto del día y de los ruidos. Esto es lo que dice Patrizia Cavalli.
Pero, entonces, qué era aquello del sujeto y la dimensión del lenguaje en el hombre. El lenguaje que se efectúa en las palabras que parlotea el humanbobo, el humanidiota. Y en todo esto encontramos el sujeto del inconsciente.
Así lo definimos: El inconsciente es los efectos que ejerce la palabra sobre el sujeto, es la dimensión donde el sujeto se determina en el desarrollo de los efectos de la palabra. Esto, así señalado por Jacques Lacan en el Seminario 11 de su obra. Podemos aclararlo para aquél al que le parezca no claro. Sí, escuchemos.
Un torrente se precipita en mí, de antiguos hombres y mujeres cuya sangre ha venido a ser la mía. Ha empujado hasta aquí sus oleadas. Distingo tan sólo las últimas: mis padres, una abuela hermosísima y ardiente. Más atrás, no puedo remontarme, pero el estruendo de innumerables vidas ignoradas me atraviesa confuso: oigo las risas y el llanto, voces imperiosas o suplicantes en luchas y abandonos. Yo he nacido de todo eso y lo guardo en mí, aumentado por mi tímido arranque en el tramo que me fue otorgado.
Así nos muestra el sujeto Margherita Guidacci. Es otro y el mismo modo de decir lo que antes señalábamos, en su definición teórica. Pues el inconsciente es la voz de nadie, las trazas de los antepasados, las lenguas múltiples que me atraviesan y que, desconociéndolas, me hacen. El sujeto del inconsciente es transindividual. Pero en eso más allá del ser individual, se juega lo profundo singular. La historia, la trama, que se realiza entre una pequeña voz familiar y la estructura de la sociedad y la cultura de mi tiempo. Que recoge las historias y las culturas, y las lenguas. Sobre todo la transmutación de los sentidos que las lenguas proponen. Y no se opone singular y universal, pues el sujeto es lo particular capaz de universalidad.
El individuo, esa aspiración última de cada cual: no debe nada a nadie, ni siquiera al lenguaje, pertenece al discurso del amo. «Yo soy yo» espeta dios a Moisés. Ninguna explicación, pura inmanencia. Es el concepto de persona, que crece y se desarrolla durante el feudalismo. La persona es un concepto, entonces, vinculado al discurso del amo, que exige fidelidad (de allí lo de feudal) y lo confunde con el amor.
«Pero soy una persona», nos dice el otro. Hasta que bajamos la guardia.
El cristiano inventó, entonces, la otra mejilla.
El sujeto, el nombre del sujeto de la contemporaneidad, es el terror. Terror de quedar fuera del sistema económico, quedar sin trabajo, marginado, aislado y no solo (pues la mayoría de las personas ya están solas). Terror a confiar (lo que lleva exactamente a medir lo que se recibe y lo que se da).
Y en medio de este real, que mostramos, las innumerables «pequeñas voces», que se alzan y se escuchan, para no quedar sometidos al sujeto del terror, para enfrentar con lucidez lo que parece inevitable. Y para celebrar cada frase, cada abrazo, cada acto donde el hombre acuerda con su esencia de un lenguaje que no es ni herramienta ni extensión… Que, apartándolo definitivamente del ser del animal, lo hace inmortal y viviente. La cultura está enferma; y el discurso analítico, flor de lo simbólico, en su alianza con el poema, no debe cejar en abordar este terror, que nos ciega y paraliza.
Autor | José L. Slimobich
El Síntoma en el niño
Autor | José L. Slimobich
Editorial | Edición Signos del Tiempo. Reimpreso por el Instituto de Psicoanálisis de Pamplona
Más allá de la estética, un niño grita. En eso resume toda una historia: el llamado, la respuesta, el accidente, la pérdida, el olvido, el retraso. El síntoma en el niño, una introducción al psicoanálisis, pone en forma el momento del encuentro del niño con su destino de sujeto. Es decir, en el síntoma, el niño se está jugando no solamente su inscripción en la realidad ?dificultades en el aprendizaje, enuresis, mala conducta, etc.?, se está jugando su nuevo abordaje como hombre o mujer. Su inscripción en el lazo social. El síntoma no es entonces, en definitiva, un algo a quitar, una maldición. Es la expresión escrita, con una letra tomada del cuerpo, de una verdad que aún no se ha formulado. Que se opone al amo y a su exigencia. El síntoma es poner algo del cuerpo en el lugar donde debe advenir el lenguaje. Así se aborda desde el discurso analítico, en un tono sencillo y universal, este nudo entre el niño y su síntoma.
Este libro es el resultado de La Jornada «El síntoma en el niño», dictada por José L. Slimobich en la ciudad de San Luis los días 20 y 21 de octubre de 1995 y fue publicado por primera vez en 1998 en primera edición, por la Secretaría de Biblioteca y Publicaciones de la Biblioteca de Psicoanálisis de San Luis «Eugenia Sokolnicka. Lavalle 1227. San Luis CP 5700 (Argentina). En 2010 ha sido reimpreso por el Instituto de PSicoanálisis de Pamplona.
El psicoanálisis en la actualidad
Autor | José L. Slimobich (compilador)
Editorial | Anthropos
Del Prólogo Este libro tiene su origen en diferentes trabajos psicoanalíticos presentados en las jornadas sobre «Clínica Psicoanalítica Hoy: Freud-Lacan» (Pamplona, mayo de 1994). Recoge también las cuestiones más interesantes que se suscitaron en el debate entre analistas y no analistas. La presencia de estos últimos testimoniaba que la clínica psicoanalítica puede ser objeto de una transmisión y su vehículo específico es el caso clínico. Este libro trata, expone, lo que hacemos los psicoanalistas en la privacidad de los consultorios, lo que llamamos casos clínicos. El caso clínico es un material escrito para efectuar una transmisión. Que sea un acto de transmisión fue y es nuestro reto. Decimos transmisión, que tenga efectos sobre el inconsciente de cada cual, diferente a la enseñanza de unos meros conocimientos. Las preguntas, con todo insisten: ¿porqué un grupo de psicoanalistas presentaría sus casos frente a la sociedad y la convocaría específicamente para eso?, ¿porqué ahora los publicamos? Debe haber varias razones, sólo apuntaré algunas. El psicoanalista no existe sino articulado a un discurso, discurso analítico, que propone un nuevo lazo social: propone analizar la guarida del deseo, la relación social entre dos que convoca el sujeto del inconsciente y no al yo. Y esto hace diferencia con otros vínculos sociales y con otras prácticas «psi». Por ejemplo, el psicoanálisis no es una profesión, porque, como puede vislumbrarse, el psicoanalista no tiene el refugio de la complacencia profesional que garantice su saber hacer, no tiene el mismo lugar de neutralidad que el profesional. Además, de entre los diferentes discursos de la cultura, el discurso analítico, reverso del discurso del amo, es joven: necesita abrirse camino entre la vetusta y trascendente filosofía, la tecno-ciencia y su cortejo utilitarista y las respetables religiones. Y eso no se asegura, y quizás tampoco, sino con actos en que se muestra que el psicoanálisis pervive. Termino con una cita de Freud, que quiero recordar a los analistas y a los futuros analistas: «los fragmentos de conocimiento, trabajosamente extraídos que aquí ofrecemos podrían parecer poco satisfactorios; pero la labor de otros investigadores se enlazará a ellos, y el esfuerzo común podría conseguir aquello que para uno es quizá demasiado arduo» Pedro Muerza Chocarro
Presentación de ‘El leer en el habla’
Indice: Parte I. Presentación en Granada 1. Manuel Duro – Psicoanalista 2. Margarita Buet – Filóloga 3. Francisco Cruz – Psicoanalista 4. Andrés Neuman – Escritor 5. Bernard Levy – Psicoanalista Parte II. Presentación en Buenos Aires. 6. Susana Szwarc – Escritora 7. José Luis Juresa – Psicoanalista y escritor 8. Pablo Chacón – Escritor y periodista 9. José L. Slimobich – Psicoanalista Parte III. Presentación en Pamplona 10. Enrique Pastrana – Psicoanalista 11. Pedro Muerza – Psicoanalista 12. Extensión Psicoanalítica: No analistas 13. Pedro Charro – Escritor 14. Fernando Civite – Escritor 15. Alejandro Medina – Periodista
El leer en el habla
Autor | Slimobich, Levy, Duro, Muerza, Pastrana, Garrofe (compilador)
Editorial | Altamira
«Cada vez que hablamos, escribimos. Si hay lector para esa escritura». Al formular así un movimiento de la teoría, José L. Slimobich reúne varias cuestiones. Una es el carácter de escrito del saber inconsciente, cosa reconocida por los psicoanalistas, pero abandonada al azar de las modas teóricas. Otra, es la vanidad de los intentos de capturar ese saber textual, leyendo a partir de un texto preexistente al acto del leer. (…) El leer que proponemos, está articulado en los fragmentos clínicos que se publican. En ellos vemos que no se escribe en el habla un texto personal, si así fuese, no habría necesidad de un discurso, el analítico, que interrogue al hablante sobre aquello que en su hablar es escritura.
Lacan: entre el arte y la ideología
Autor | Pablo Garrofe
Editorial | Quadratta
El estilo de este ensayo es la búsqueda de un tono audible por psicoanalistas y no analistas. Pues hay una exposición clara de los conceptos y su funcionamiento en la práctica, pero luego el autor va más allá, sacando consecuencias generales que incumben a todos. Alejado de toda terapéutica, criticada como ideología al servicio del capitalismo, un analista muestra el arte en la invención de la vida cotidiana. El sacrificio religioso de una hija por el padre en el altar del matrimonio, un delirio económico frente a las catástrofes del mercado cuando ¡una persona cree ser una moneda!, la anorexia como huelga de hambre, y la psicología como procedimiento policial. Lo ha leído en los síntomas, dice Garrofe, que adscribe al Paradigma del leer, cuyo enunciado es: «Cada vez que hablamos escribimos, si hay lector», como lo ha enunciado José L. Slimobich -es curiosa la relevancia fundamental que da al trabajo de otro analista argentino, para su propio trabajo. ¿Y porqué Lacan entre el arte y la ideología? La neurosis transforma los conflictos sociales en algo secreto y personal. Si para Freud la obsesión es una religión personal, y las ficciones de la histeria configuran un arte; si para Lacan la letra surge del vínculo social y hay un psicoanálisis que muestra el reverso de la vida contemporánea, entonces leer esa escritura inconsciente es también leer las respuestas que los síntomas han producido a lo más candente del vínculo social. Se propone el psicoanálisis como un arte de la lectura, y se presentan fragmentos de escritura leídos en la palabra del paciente. El autor expone con detalle cómo la escritura inconsciente utiliza recursos musicales, lo presenta al modo de partituras inconscientes, y lo fundamenta en los textos sobre música y lenguaje, de Lacan, A. Didier-Weil, Lévi-Strauss y Gadamer, entre otros. El libro tiene un subtítulo, el nudo de la letra, la música y la voz. ¿Cómo presenta el anudamiento? La música del lenguaje recubre ese objeto a llamado la voz. Vinculada al silencio, la voz del superyó conduce al hombre como un sonámbulo. El inconsciente es la hipótesis de que no sólo se sueña cuando se duerme, y como dormimos en los discursos sociales, es aquí que se cruza la cuestión de la ideología. No es casualidad que retome los trabajos de ?i?ek, un pensador lacaniano de la ideología, sobre la voz. Sostiene Garrofe que la música del lenguaje y la voz silenciosa se recubren como el concierto ideológico althusseriano y lo secreto de la acción del político. Tal como en un lugar público la música hace de cortina sonora, para que no se escuchen las conversaciones privadas. Lo primero, entonces, es entender que cuando el lenguaje cobra valor de música, algo se calla. Pero hay dos formas del silencio. Una es la voz, que conduce al hombre y que es áfona, pues, como señaló Freud, al masoquismo lo deducimos de los actos: transcurre en silencio. La otra es la letra, que es muda y no se escucha, se lee en la superficie de lo que se dice. Hacer el pasaje de la escritura muda del síntoma a la escritura hablante equivale a pasar de la voz áfona a la voz del deseo allí donde el inconsciente es la voz de nadie, y el sujeto se capta determinado por letras del vínculo social. Entre los dos extremos de la voz sonorizada de la psicosis y la voz baja de la razón y del deseo, el analista lee en la palabra y encuentra, como lo hace el poema, el tono de la letra. *Pablo Garrofe es miembro de Analytica Buenos Aires, y ha publicado trabajos sobre la música, la letra y la voz en Lacan: la marca del leer, de Editorial Anthropos, y Lacan: amor y deseo en la civilización del odio, de la Editorial de la Universidad de Granada, y en la Revista Letrahora.




