El Pase

En esta sección, Letrahora decidió presentar un testimonio de pase y a renglón seguido la resolución del jurado, por considerar que los escritos sobre el tema deben ser accesibles a todo aquel que se interese en este procedimiento institucional inventado por Jacques Lacan para evitar la jerarquía psicoanalítica dentro de una Escuela..

Testimonio del pase

Seguir al pez en su nado vivo
Beatriz Reoyo

En el año 2020 realicé la experiencia del pase en la Escuela Abierta de Psicoanálisis. Para ello elegí dos pasadoras con el fin de llevar adelante el testimonio del pase, les envié un primer escrito y hubo una serie de conversaciones a partir de él, así como también hubo intercambios de otros pequeños textos que continuaban esas conversaciones a la vez que ampliaban, elaboraban y clarificaban el primer escrito.

Este texto que presento contiene ese primer escrito y parte de esas conversaciones con las pasadoras. Vaya por delante mi agradecimiento al trabajo que realizaron, a su interés y generosidad. También al jurado del pase, por su profundidad teórica, su elegancia y su respeto.

Si tuviera que elegir un título para el testimonio del pase que realicé, mi propuesta seria: “seguir al pez en su nado vivo”, pues no se trata de atrapar el pez o que se escape, sino seguirle, como dice Lacan, en su nado vivo. Es lo que permite tomar este testimonio de pase desde el Paradigma del leer, formulado por José Slimobich, dentro de la enseñanza de Jacques Lacan.


Puedes leerlo completo, descargarlo e imprimirlo aquí:


Primer texto del testimonio de pase

Este escrito no hace un recorrido por mi análisis en su extensión, solo de lo que creo que aparece como fundamental, que es lo que quiero plantear como trabajo del pase.
Un dato biográfico que fue relevante en mi vida fue que en mi adolescencia murió mi padre de forma repentina, le falló el corazón. Recuerdo que cuando nos lo vinieron a comunicar a mi madre, a mis hermanos y a mi había un cierto revuelo que hacía presagiar malas noticias. Lo primero que pensé es que era mi abuelo el que había muerto, en mí no cabía la posibilidad de que el fallecido fuera mi padre. Ese hecho cambió por completo mi vida y me sumió en un duelo sin fin.

Mucho tiempo después mi abuelo, ya anciano, entró en una larga agonía que duró varios años lo que hizo que estuviera inmovilizado en una cama, demenciado y necesitado de atenciones básicas.  Durante ese tiempo yo apenas podía acercarme a él lo que me producía un extraño dolor y me llenaba de culpabilidad, ya que no entendía cómo era capaz de no acercarme a ese abuelo tan querido por mí, en sus últimos días.

Estas cuestiones fueron apareciendo en mi análisis, acompañadas de ciertos vaivenes, avances y retrocesos, acercamientos y alejamientos, que fueron encontrando una lógica y una aclaración a lo que me sucedía: no me podía acercar a mi abuelo porque él, en ese estado, más cerca de la muerte que de la vida, me ponía en contacto con seres queridos que ya murieron. Mi abuelo allí era una especie de puente que me hacía acercarme a ese espacio intermedio entre la vida y la muerte, me hacía aproximarme a esa región donde los muertos y los vivos entran en contacto. A este lugar límite, límite del lenguaje, que se presenta entre la vida y la muerte, entre la presencia y la ausencia, entre lo indecible y lo enunciable no se llega por el sentido común. Gran parte de mi resistencia en mi análisis estaba basada en no querer aceptar este lugar, en querer ser “normal”, ser alguien normal que no ande con estas cosas de los vivos y los muertos. Las pesadillas con tumbas y con muertos se hicieron frecuentes a lo largo de mi análisis y el ambiente general era de una gran presión por lo incómodo para mí en tanto sujeto.

Considero que solamente el discurso analítico con su letra permite ceñir una lógica real, lo que no es lo mismo que tratar de hallar su razón en el sentido común. De ese modo encontré en mi analista con su posición marcada por la falta de prejuicios, de juicios previos y con una paciencia casi infinita, un plus que no había calculado, pues desde ese lugar límite podía acceder a visualizar imágenes en las palabras de otros y de ese modo surcar bordes impensados.

La pregunta que me hacía era: ¿Qué fue lo que me permitió acceder a las imágenes?

En esta lectura mítica que deviene de la lectura analítica, la posibilidad de visualizar las imágenes vendría de que en ese canal del parto abrí los ojos, visualice algo, algo que sentí, que percibí en ese camino, algo real, algo se construyó como real. Esa impresión en mi cuerpo, que se traduce pulsionalmente en la mirada, es lo que me permitió habitar ese territorio de lo que no está totalmente nacido y no está totalmente muerto. Donde eso se muestra de un modo ambiguo.

Un pequeño texto de Paul Klee, que es un epitafio, dice así: Dentro de este mundo no se me puede comprender pues tanto vivo con los muertos como con los no nacidos, algo más cerca de la creación de lo que es usual y, ni con mucho, suficientemente cerca. Es extraño lo que dice y sin embargo no puedo dejar de sentir que algo importante capto en él o algo me capta del mismo. Es un texto que me acerca a algo que tiene los visos de real (como imposible de ser pensado) y que tendría un carácter mítico. Porque ¿Cuál sería el estatuto del que no ha nacido, pero está naciendo, que no está muerto pero que no está vivo aún, que no ha nacido todavía? Es lo que transcurre en el cuerpo de la madre, en el canal del parto, cuando da a luz.

Este texto de Paul Klee me hizo recordar cuando yo deseaba tener una hija y cómo aparecía en mí la nostalgia de esa presencia. De alguna manera esa nostalgia era nostalgia de estar afuera definitivamente. En ese sentido todo nacimiento es una especie de aparición, algo que nos hace visibles durante un tiempo. Por eso quería tener una hija. Se trataría de una figura isomórfica, pues yo ya tenía un hijo. No era por tanto una cuestión sexualizada sino una cuestión de continuidad, de tener donde encontrarme, donde abrazarme como parte de la historia de la salida del canal del nacimiento. El abrazo, el contacto, el encuentro del que ya está afuera, en la luz.

Se podría decir que es una experiencia singular en la que no puedo dejar de reconocer cierto temor frente a estos elementos. Hacerla común es hacerla del lenguaje que es la posibilidad que encontré en mi análisis porque si hubo suerte de habitar estos elementos es porque hice de ellos un intercambio social, es decir, la renuncia a la locura, la renuncia al hecho extraño es hacer de ello un acontecimiento social como podría ser la lectura de las imágenes. Cuando logro hacer de ello un efecto social, cuando lo compruebo y lo constato en la demanda social, esta experiencia pasa a ser entonces una propuesta social. Un modo de lectura que corresponde a una cuestión social y al eco en el lenguaje. De ello mi adhesión al psicoanálisis, porque el psicoanálisis me permitió pasar de ese hecho innombrable, real, a una cuestión social, me abrió otras posibilidades y la decisión de avanzar sobre ello, a decir verdad, no sin temblor.

También mi decisión de presentar este trabajo para el pase, ya que, si se me permite la broma, no quisiera irme a la tumba sin hablar de ello. Y a la vez es un modo de expresar mi profundo agradecimiento hacia el psicoanálisis.

De las conversaciones con las pasadoras

De estas conversaciones surgieron unos pequeños textos, que son los que presento seguidamente.

Pasadora 1

1- Con respecto a las preguntas biográficas lo que se me ocurre es que cuando hablo de seres queridos que murieron, ahí están mi padre, abuelos, unos tíos, pero quizás lo importante no es solo cada uno de ellos, sino que se constituyen en una especie de conjunto a los que podría llamar mis “muertos” queridos.

Con mi abuelo siempre tuve una relación cercana. Mis abuelos, sobre todo maternos, tuvieron mucha presencia en nuestras vidas, vivíamos muy cerca y el trato era cotidiano. Mis recuerdos de infancia están ligados a ellos.

En cuanto a los cambios en mi vida a raíz de la muerte de mi padre fueron numerosos en distintos ámbitos. Hubo muchos cambios a nivel familiar, mucha tristeza y una sombra oscura que parecía envolvernos a todos. Se me ocurre que esa oscuridad fue la expresión imposible de un dolor en el sentido de que el mundo queda poblado por la ausencia, por un silencio sin imagen.

Pero quizás lo que más me conmovió a nivel del sujeto, al hilo de lo que expuse en el escrito, fue sentir que la muerte no respetaba las generaciones como tampoco el amor. Hasta ese momento debía pensar que, excepto en casos muy raros, la muerte seguía el orden generacional. Esa “teoría infantil” saltó por los aires al morir mi padre antes que mi abuelo.

2- Ese lugar límite al que me refiero es esa zona intermedia entre la vida y la muerte, es ese lugar de tránsito donde los muertos y los vivos entran en contacto. Desde el sentido común eso no puede ser entendido y sólo es aceptado en el campo de la literatura donde encontramos numerosas referencias, o en campos esotéricos o religiosos. Sin embargo, el discurso analítico al considerarlo un hecho del lenguaje, permite darle un lugar y una lógica, es decir, un lugar real o una lógica real.

Utilizas la palabra “médium” y es sugerente porque creo que para el psicoanálisis el lenguaje no solo es un medio sino también una especie de “médium” ya que al hablar el objeto ausente ocupa su lugar como letra. Es parte de la distinción entre palabra y escritura que componen el lenguaje y que en el Paradigma del leer encuentran su función.

Me preguntas si primero se da la visualización de las imágenes y luego su lectura. En absoluto es así, la imagen y la lectura se presentan en el mismo acto, por eso considero que es una lectura en imágenes. No se trataría, si puedo expresarme así, de capturar el pez y que luego se escape, sino como dice Lacan, seguir al pez en su nado vivo. Eso establece una diferencia entre la videncia –más ligada al yo- y la lógica del leer.

3- El texto de Paul Klee da lugar en mi análisis a una lectura que es una lectura mítica. En él se conjugan lo que es del orden de la vida con ese espacio donde habitan los que murieron con los que no nacieron. En ese espacio surge ese mito, un mito sobre el nacimiento para dar cuenta de lo indecible, de lo inexplicable, pues eso indecible necesita el mito como expresión. Lo cual no quiere decir que no tenga relación con el cuerpo pues habla en términos de pulsión, en este caso, a nivel de la mirada. La imagen mítica sería algo así como el que abre los ojos por primera vez en un espacio ambiguo, entre la vida y la muerte, entre la presencia y la ausencia, en esa zona intermedia, en esa frontera, en ese límite. Es ese primer asombro, goce primero de lo visible, como un punto cero, origen mítico de la letra.

Me preguntas por ese momento, pero como verás se trata de una ficción ordenada que permite organizar una lógica de lo que ha sucedido, lo que es parte del trabajo de análisis. Ese momento que señalo de goce primero de lo visible como despliegue de la mirada queda olvidado, podríamos asemejarlo a lo que sentimos la primera vez que leímos, eso también lo olvidamos. Se anuda a lo que Freud llamó represión primaria. Pero que lo olvidemos radicalmente no quiere decir que no haya una memoria del cuerpo, una memoria involuntaria si se quiere, que forma parte del concepto de pulsión. Esta deja huellas, marcas de goce como fundamento de su verdad.

De este goce pulsional se presenta en el análisis, como respuesta subjetiva, un destino: la sublimación. Entiendo que la sublimación es una respuesta que el sujeto elabora a nivel de la pulsión y que elabora bajo la forma de una escritura. Es en el discurso analítico donde encuentra este goce su lugar como letra, eso quiere decir que se sitúa en una escritura, toma una forma escritural. La escritura como base de la sublimación en tanto es parte del aparato del lenguaje y conlleva una inscripción en la cultura.

De esa sublimación se deriva como dice Lacan un “saber hacer con”, un saber hacer con el goce, con el plus de gozar. Un saber hacer que va contra el saber en el sentido de que uno no puede acumularlo ni calcularlo, no puede tenerlo. Solo se sabe hacer. Ese vínculo a la letra que permite la sublimación muestra que la letra incluye esa imagen que se puede visualizar en las palabras de otros cuando está articulada al discurso analítico. Que la letra incluya una imagen es lo que aparece en la caligrafía japonesa, en los ideogramas, en los jeroglíficos, con la que tiene un cierto entronque. En ese sentido, ese saber hacer es lo que he llamado la lectura de las imágenes que es punto de apoyo del deseo del analista.

Es un saber hacer visibles imágenes en las palabras de otros en el vacío de la letra. No se trata de reproducir lo visible sino hacer visible. Desde el discurso corriente lo decible y lo visible se recubren recíprocamente, todo lo que puede decirse puede verse. Es lo que rige un orden posible de representación. Sin embargo, me refiero a algo similar a lo que sucede en el sueño donde se construye una imagen fuera de los parámetros de toda lógica de representación, es una imagen que no deviene del sentido, más bien es límite del sentido, y sobre todo causa el deseo del trabajo de análisis.

Pasadora 2

  1. En referencia a nuestra última conversación me pareció entender que me planteabas alguna cuestión que tenía que ver con el texto de Paul Klee en donde me decías que no te parecía que pudieran estar en el mismo campo los muertos y los no nacidos. Decías que los no nacidos implicaban una posibilidad de encuentro con algo que no estaba, que no fue, y en ese sentido es algo distinto a los muertos.

Creo que el texto de Klee anuda tres términos: los vivos, los muertos y los no nacidos. Pero si nos detenemos en los no nacidos, el no nacido no puede vivir ni morir porque no es un vivo ni tampoco un muerto. Esta por así decir, en el limbo. Y en todo caso puede muy bien representar esa zona límite entre lo vivo y lo muerto. Es en ese sentido que puede presentarse en el mismo campo en el que se conectan los vivos y los muertos.

He revisado lo que dice Lacan respecto a lo no nacido. En el Seminario XI trabaja el concepto de inconsciente y dice que el inconsciente en primer lugar se manifiesta como algo que se mantiene a la espera, en el aire de lo no nacido. Esto no nacido no tiene nada de irreal ni de no real, sino que lo sitúa en el registro de lo no realizado. Esto no realizado es la condición de que haya hiancia, la hiancia causal que se ubica en el centro de la estructura del inconsciente y que tiene que ver con lo que Freud llama el ombligo del sueño, ese centro de lo desconocido o de lo no conocido, un agujero por donde el sentido se escapa.

Para Lacan eso no nacido, no realizado tiene una característica preontológica, no se presta a la ontología: no es ni ser, ni no ser, es no realizado. El Inconsciente en función de la causa permite dar un fundamento lógico y no ontológico al inconsciente.

Entiendo que Lacan al conceptualizar el inconsciente vinculándolo con lo no realizado, con lo no nacido, desustancializa el inconsciente, lo aparta del orden del “contenido”, de la idea del reservorio ya sea de lo arcaico, instintual o genético. Del mismo modo lo no realizado no es un “contenido” a la espera de realizarse, no implica algo progresivo, algo que espera ser consciente. Más bien creo que si es del orden de lo no nacido eso no cesa, es imposible que cese de no realizarse.

En cuanto a la función de los limbos no solo están los no nacidos, Lacan habla de toda una serie de “seres” mitológicos o construcciones como son los gnomos, los duendes, las brujas, los ángeles… Todos tienen en común ser seres intermedios, mediadores ambiguos que no son ni dejan de ser. Freud ofrece otras imágenes: ombligo, zona de larvas, infiernos… No se trata solo de metáforas, de hecho, Lacan dice que hay que tomar precauciones pues no es inofensivo incursionar allí. Es más bien al estilo del pintor: cuando El Bosco pinta el infierno en el “Jardín de las delicias”, no es que represente el infierno, pinta el infierno, eso es el infierno. El coraje de Freud permitió dar un lugar a esas tinieblas relegadas por la razón, con la invención del psicoanálisis.

Igualmente podríamos hablar del deseo inconsciente tal como Freud lo presenta. También se ubica en esa zona intermedia o de mediación ambigua cuando dice que es un deseo cuya característica es ser indestructible y a la vez evasivo. Eso señala una ambigüedad o al menos una paradoja: por un lado, siempre está y sin embargo emerge de forma evanescente, fugaz. De ahí que Lacan señale ese carácter fuera del tiempo del inconsciente ya que lo indestructible no concuerda con la duración que es lo que caracteriza a las cosas, y al mismo tiempo tenga que proponer una estructura temporal para poder circunscribir lo evasivo.

Este carácter evasivo me hace recordar algo que cuentan de Paul Klee. Por lo visto uno de los temas frecuentes de sus cuadros está referido a los ángeles. Uno de los más famosos es el “Angelus novus” que remite a una leyenda judía del Talmud, que dice que el ángel nuevo es creado a cada instante para, tras entonar su himno ante Dios, terminar y desaparecer.

Entonces, lo no realizado no deja de tener efectos, es en la misma hiancia donde algo se produce y se presenta como un hallazgo. Este hallazgo Freud lo equipara al deseo inconsciente, deseo que tiene las características de ser indestructible y evasivo porque es la marca de lo no realizado, y en ese sentido es afín con lo real.

Si partimos de que en el inconsciente eso escribe, este deseo se presenta como escritura por la vía de la palabra. Y es efectuada desde el discurso analítico junto con su lectura como plantea el Paradigma del leer, por el analista ocupando el lugar del lector.

Me preguntas por el tema del cuerpo y el deseo de una hija. Se me ocurre que el cuerpo ocupa un lugar tercero entre el deseo y el goce.

Hay algo que me quedé pensando de lo que hablamos en relación al deseo de tener una hija y como quedaba enlazado en mi análisis a esa lectura mítica de tal forma que aparecía como una figura isomórfica, de continuidad. También me preguntabas por la nostalgia de esa presencia.

Creo que esa nostalgia también era fruto de una cierta obcecación, de una tenacidad como también algo ligado a una ausencia.

Me planteabas esa figura isomórfica como una complementariedad. Creo que no, que más bien se trata de una cuestión de continuidad. La continuidad implica de una u otra manera algo distinto, por eso te decía que se trataba de algo que no siendo yo era lo más igual a mí.

Me quedan cosas por pensar y trabajar. Me pregunto si esa continuidad no envuelve un goce sobre el fondo de ausencia. Un borde en el goce femenino.

2. En relación a tu comentario sobre “lo preexistente” se me ocurre que, si pensamos por ejemplo en el inconsciente, antes de Freud no existía el inconsciente freudiano. Justamente Lacan habla de lo que no existía antes que eso fuese o, dicho de otra forma, lo real queda existente a partir de una escritura de lo real. Tenemos muchos ejemplos de ello: la teoría de la gravedad crea la gravedad de la tierra. Y de igual manera el infierno de El Bosco existe a partir de su pintura. En el discurso analítico la interpretación que se hace o la lectura que se hace de tal cosa, hace existir eso en el campo de lo real que no existía antes. Que el paciente lo asocie con su historia, haga metonimia de eso, lo lleve al recurso de lo conocido, es trabajo del analizante no es trabajo del analista.

Sobre el deseo de tener una hija y cómo quedaba enlazado en mi análisis a esa lectura mítica de tal forma que aparecía como una figura isomórfica, de continuidad, he estado pensando que hay algo que se presta a confusión. Quiero agradecerte tu insistencia en este punto y tus preguntas porque creo que cuando hablo de continuidad da lugar a hablar de identificación como antes de complementariedad. El término quizás más adecuado es el de suplementario. Suplementario en el sentido de que está supliendo ahí o está suplementando el diálogo con algo de mí que no soy yo, o con algo que no siendo yo es lo más igual a mí. Es algo que se presenta como éxtimo a nivel de la banda de Moebius. Eso no implica una apropiación de nada, sino que por el contrario es un modo de habitar la lengua que permite tomar contacto con la experiencia de desapropiación, concepto que es básico para el Paradigma del leer.

Esta rectificación que propongo con el término “suplementario”, permite a la vez salir del paralelismo con lo que sucede en Antígona, pues no tiene nada que ver con la queja por lo no nacido. La lectura no parte de ninguna queja, de ningún lamento como el que hace Antígona. La relación entre lo no nacido, lo vivo y lo muerto produce que el sujeto gire alrededor de los tres elementos para producir una imagen que se da en la vertiente imaginaria-real. La imagen se genera en el campo de la escritura. Igual que Lacan dice que la escritura está en el centro del inconsciente, la imagen también. La posibilidad de visualizar esa imagen deviene para mí del hecho de haber encontrado el agujero entre lo no nacido, lo vivo y lo muerto.

Se me ocurre que en la ciencia hay algo que recuerda a este agujero. La física moderna, la física cuántica, desarrolla argumentos como por ejemplo “el gato de Schrödinger” y algunos otros donde presenta esos estados intermedios, esas zonas límites y allí habla de superposiciones, “superposiciones” y de estados como en el gato de Schrödinger, donde no está ni vivo ni muerto, que conecta con el concepto de indeterminación.

Por eso creo que lo que planteo no se relaciona con ningún lamento, con ninguna queja por los hijos no nacidos. Ni siquiera cuando hablo del deseo de tener una hija es un lamento, más bien es la constatación de una realidad. En todo caso yo me preguntaba que había sido de aquel deseo, hasta que encontré el texto de Klee y dije: ahí está, esto fue a parar a ese lugar. Es decir que lo suplementario deriva para mí en el envés que se produce alrededor del texto de Klee. Sería el envés de eso que se perdió en lo suplementario y que reencuentro en ese texto de Klee. Este absurdo es propio del discurso analítico. Es la manera como elabora el análisis. El análisis elabora en un lugar donde no se lo espera. Es un salto, encontré allí donde no está, no donde la lógica del sentido común indica una continuidad, rompe con toda continuidad. Encontré en Klee la salida de ese deseo y no solo la salida sino la propulsión que me llevó a establecer todo un campo de trabajo. La lectura de las imágenes es un modo de abordar ciertos elementos de lo real-imaginario, es un modo de trabajo. No es mejor ni peor que la interpretación clásica dentro del psicoanálisis, de la que tampoco prescindo. Si hay algo que me resulta más sencillo para explicar el acceso a la lectura de las imágenes podría decir que es una lectura que se presenta en una anamorfosis.

Por último, una pequeña nota sobre el cuerpo. Podríamos preguntar ¿Qué cuerpo? La tendencia de la conciencia es tomar la buena Gestalt de lo unificado, del cuerpo unificado, pero en realidad Lacan rompe con el criterio de la unificación para plantear el cuerpo desmembrado. Cuesta mucho para la conciencia aceptar el cuerpo desmembrado. Sin embargo, solo hay que tener en cuenta cómo se puede hablar de un fragmento del cuerpo, se puede hablar de una articulación del cuerpo o de un elemento determinado. ¿Pero cómo hablo del cuerpo en una imagen? El cuerpo del que habla Lacan es un cuerpo desmembrado, es un cuerpo hecho de fragmentos de lenguaje. El lenguaje hace que el cuerpo se integre a lo simbólico y lo desmembra en el mismo acto, porque el significante lo trocea, lo secciona. Es por eso que Freud lo toma como órganos aislados: la pierna, el brazo, los ojos, el pene, la mano…

Desde su teoría del dualismo pulsional Freud habla, por así decir, de dos cuerpos: uno que sirve a las pulsiones del yo, a la supervivencia del cuerpo individual, a la autoconservación, en ese sentido es el resto del cuerpo del animal, y otro cuerpo que responde a las pulsiones sexuales, un cuerpo erógeno. Este cuerpo se adecua mal al cuerpo orgánico y es un cuerpo fragmentado que desatiende, es rebelde, e incluso se opone al régimen de unificación que quiere imponer el yo. Hay diferentes ejemplos como el que encuentra en el trastorno histérico de la visión. En la lectura de las imágenes el cuerpo aparece de ese modo, como fragmentos: una mano, etc… no aparece el cuerpo en su unificación excepto alguna vez y generalmente es para destacar algún elemento al que se articula, como por ejemplo cuando remite a la diferencia de los sexos o por ejemplo el caso de una mujer en el que la imagen era un paisaje con montañas y en el fondo dos figuras humanas y que asocia con espiritualidad.

Resolución del cartel de jurado del pase

Escuela abierta de psicoanálisis EAP

Pasante:Beatriz Reoyo
Pasadoras:Carolina Laynez y Antonia Torres
Cartel de jurado del pase:Fabiana Grinberg, Pablo Garrofe, Emilio Gómez Barroso, Pamela Monkobodzky, Manuel Duro Lombardo

El cartel realizó tres reuniones previas a la recepción de los testimonios de las pasadoras en las cuales se intercambiaron lecturas de textos sobre el pase y se discutió acerca del funcionamiento del cartel, la comunicación con las pasadoras y la cuestión central: qué función debe tener un jurado del pase en una escuela de psicoanálisis. Más tarde se escucharon los testimonios de las dos pasadoras y, ante la solicitud del cartel, se recibieron los dos por escrito.

La resolución del cartel es la nominación de la pasante como AE, analista de la escuela. Decisión basada, en la Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el analista de la escuela: “Inútil indicar que esta proposición implica una acumulación de la experiencia, su recolección y su elaboración” (…), “esta experiencia no puede ser eludida. Sus resultados deben ser comunicados (…).” “El jurado funcionando no puede abstenerse pues de un trabajo de doctrina, más allá de su funcionamiento como selector”.

Fundamentamos nuestra decisión en los siguientes puntos:

-El texto que transmiten ambas pasadoras muestra una economía que nos sorprende. Es un texto breve y preciso. En ningún momento ensalza el nombre propio, por el contrario, va en la dirección de lo que se hace con el nombre común. No existe en su testimonio un pavoneo de saber, sino una transmisión con palabras claras de la experiencia de un análisis.

– La decisión de hacer el pase tuvo un rasgo del chiste, ése ganarle de mano al inconsciente, cuando ella dice: “no quiero llevarme esto a la tumba”.

– La función principal de un AE es mantener la presencia de lo real en la escuela. Así el testimonio recibido recorre una lógica que va desde lo real de la pesadilla, donde habita entre los vivos y los muertos, al real que, como analista, lee en la palabra como imagen. Entre estos extremos, una única lectura presentada de su análisis “abrir los ojos en el canal del parto”. Imagen imposible que encuentra su eco en el epitafio de Paul Klee: “En modo alguno soy comprensible en este mundo, pues vivo más bien entre los muertos y entre los seres que aún no han nacido. Algo más próximo al corazón de la Creación que lo habitual; pero aún no lo suficientemente cerca de ella.”

 ­- Si el fin de análisis no es la domesticación terapéutica del síntoma, sino el saber hacer con él, es decir llevarlo al grado de sinthome, el texto presentado mantiene lo real del síntoma. No estamos aquí ante la salida fálica, de prestigio, esa que Lacan auscultó en sus más mínimos detalles en su escrito “Situación del psicoanálisis en 1956”, sino ante aquella que se autoriza hacer semblante del objeto a. Recibimos el testimonio de una mujer que habiendo perdido de niña a su padre se embarcó en un duelo interminable, con pesadillas recurrentes, obsesionada con la muerte, a la cual el análisis la conduce a un saber hacer con lo real de los muertos que hablan en sueños, con quienes el sujeto dialoga, a quienes reprocha y con quienes discute. En su testimonio al modo de Quevedo arranca a los muertos escrituras:

Retirado en la paz de estos desiertos,
Con pocos, pero doctos libros juntos,
Vivo en conversación con los difuntos,
Y escucho con mis ojos a los muertos
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
O enmiendan, o fecundan mis asuntos;
Y en músicos callados contrapuntos
Al sueño de la vida hablan despiertos.[1]

Quevedo escucha con sus ojos a los muertos. Los libros de los clásicos, probablemente de los estoicos (Marco Aurelio, Séneca, Epicteto) son médiums a través de los cuales entra en conversación con los autores ya muertos. La pasante responde por el lenguaje que no solo es un medio sino también una especie de médium en tanto ahí, el objeto –que siempre es ausencia–se hace letra. El lenguaje del que nos habla distingue palabra y escritura y esta distinción encuentra en el Paradigma del leer su función. 

Si la pasante estaba de entrada en contacto con los muertos, de algún modo ella era médium, pero entonces los muertos la asediaban, sin que le fuera permitido el acceso a la escritura que los mismos portaban. La lectura, hemos dicho–la única que de su análisis presenta–, ubica al sujeto aún por nacer, no a la criatura, como paso obligado para hacer legibles las escrituras de sus muertos.

Si médium nos pone en contacto con la escritura es haciendo legible lo mudo que, como real, la despierta en el horror de la pesadilla. Para hacerla legible–es lo que la pasante nos enseña–, hay que anudarla a lo no nacido que le da vida a la escritura (…y en músicos callados contrapuntos/al sueño de la vida hablan despiertos). Lo cual dará ocasión a una videncia ordenada por un discurso donde el lenguaje es médium y la escritura hablante y con eso el pase de lo que podría ser considerado como ausencia de normalidad y hasta locura hacia lo que la pasante ubica como un acontecimiento en lo social.

El saldo inesperado de su análisis tal como se presenta en su texto, es leer imágenes en la palabra de sus analizantes. Lo real se inscribe entonces en el paradigma del leer[2], que ha renovado la técnica freudiana del leer en las imágenes del sueño, llevándola al leer en la palabra del analizante. Beatriz Reoyo aporta a la escuela la lectura de la imagen. No se trata de las imágenes que constituyendo al ego hacen desconocimiento del inconsciente, sino de la imagen anamórfica, la del ready-made de Duchamp.

Su solicitud de pase no formula ninguna demanda ni pide interpretación, plantea un deseo decidido como tal. No le queda al jurado agregar nada más. Sólo constatar que este pase nos parece situar de modo preciso la función del AE, analista de la escuela: garantizar la presencia de lo real en la misma, e impulsar el avance en la interrogación y elaboración teórica sobre los problemas cruciales del psicoanálisis.


[1] El poema completo de Francisco de Quevedo dice así:

Retirado en la paz de estos desiertos,
Con pocos, pero doctos libros juntos,
Vivo en conversación con los difuntos,
Y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
O enmiendan, o fecundan mis asuntos;
Y en músicos callados contrapuntos
Al sueño de la vida hablan despiertos.

Las Grandes Almas que la Muerte ausenta,
De injurias de los años vengadora,
Libra, ¡oh gran Don Josef!, docta la Imprenta.
En fuga irrevocable huye la hora;
Pero aquélla el mejor cálculo cuenta,
Que en la lección y estudios nos mejora.

[2] Formulado por José León Slimobich a raíz de la lectura de Freud y Lacan, una versión ultra abreviada sería: Hay una escritura en la palabra solo si hay lector. La letra propia al develamiento de la escritura en la palabra nos es brindada por Jacques Lacan cuando sitúa la letra, como aquello que no es esencial a la lengua, sino algo trenzado por los accidentes de la historia. La letra introduce la contingencia, la función del azar que nos desvía del destino hecho de la lengua que recibimos, especialmente de nuestra familia, y que tenemos la ilusión de manejar. Y por el lado del analista, su posición es la del lector de una escritura que al incluirlo como letra impide la apropiación de esa lectura. Ambas, palabra y escritura anudan un escritor que no sabe y un lector que se sorprende. Cf. Lacan: la marca del leer, J. L. Slimobich, R. González, C. Laynez, B. Reoyo, M.a L. Alonzo (Coords.), Anthropos, Barcelona, 2002.

Textos de referencia:

Un cartel del pase, Carolina Laynez, Pedro Muerza, Manuel Duro y Beatriz Reoyo Letrahora 12: “Ahora el psicoanálisis”: http://www.letrahora.com/wp-content/uploads/2017/06/LetraHora-n12-ok.pdf (Pág. 38)

El dispositivo del pase planteado por Jacques Lacan, José Slimobich, Letrahora 13: “Territorios del goce” http://letrahora.com/wp-content/uploads/2015/11/Letrahora-n13.pdf (Pág.31-32)

Identificación al sinthôme, Pedro Muerza “Territorios del goce” http://letrahora.com/wp-content/uploads/2015/11/Letrahora-n13.pdf (Pág.33-35)

Documentos sobre el pase, Carolina Laynez, Pedro Muerza, Manuel Duro y Beatriz Reoyo, Letrahora 15: “Escrituras que hablan”: http://letrahora.com/wp-content/uploads/2017/12/LH-n15-plieG.pdf (Pág. 48-57)

Documentos del pase, Pamela Monkobodsky, María Laura Alonzo, Pedro Muerza, Manuel Duro, Letrahora 16: “Cambalache 2020”: http://letrahora.com/wp-content/uploads/2020/06/LH-n16.pdf (Pág.42-55)


[1] El poema completo de Francisco de Quevedo dice así:

Retirado en la paz de estos desiertos,
Con pocos, pero doctos libros juntos,
Vivo en conversación con los difuntos,
Y escucho con mis ojos a los muertos.
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
O enmiendan, o fecundan mis asuntos;
Y en músicos callados contrapuntos
Al sueño de la vida hablan despiertos.
Las Grandes Almas que la Muerte ausenta,
De injurias de los años vengadora,
Libra, ¡oh gran Don Josef!, docta la Imprenta.
En fuga irrevocable huye la hora;
Pero aquélla el mejor cálculo cuenta,
Que en la lección y estudios nos mejora.

Francisco de Quevedo

[2] Formulado por José León Slimobich a raíz de la lectura de Freud y Lacan, una versión ultra abreviada sería: Hay una escritura en la palabra solo si hay lector. La letra propia al develamiento de la escritura en la palabra nos es brindada por Jacques Lacan cuando sitúa la letra, como aquello que no es esencial a la lengua, sino algo trenzado por los accidentes de la historia. La letra introduce la contingencia, la función del azar que nos desvía del destino hecho de la lengua que recibimos, especialmente de nuestra familia, y que tenemos la ilusión de manejar. Y por el lado del analista, su posición es la del lector de una escritura que al incluirlo como letra impide la apropiación de esa lectura. Ambas, palabra y escritura anudan un escritor que no sabe y un lector que se sorprende. Cf. Lacan: la marca del leer, J. L. Slimobich, R. González, C. Laynez, B. Reoyo, M.a L. Alonzo (Coords.), Anthropos, Barcelona, 2002.